Hay una corriente de crítica negativa sobre el uso creciente del lenguaje incluyente en los actos y documentos públicos. Y es preocupante que llame más la atención que no se atiendan —según los opinantes— algunos criterios gramaticales, que la violencia simbólica que con esta acción de forma y fondo se busca combatir.
Únicamente mediante el lenguaje se entiende y se explica la realidad. Lo que no se nombra no existe. Por ello importa que las mujeres sean nombradas en una acción afirmativa incluyente que busca —y lo ha logrado—, cuando menos hasta ahora en el discurso, hacer visibles a las mujeres.
Desde el aprendizaje de las primeras letras, se nos enseñó que en nuestro idioma, masculino es el género «no marcado» o que se considera neutral para referirse a grupos de mujeres y hombres, aunque tales grupos los integren más mujeres que hombres; porque el español, como otras lenguas, es un idioma surgido en una sociedad androcéntrica y patriarcal, que excluía a las mujeres del espacio público y sólo se les nombraba en posiciones de subordinación.
Debe cambiar esa injusta cultura de menosprecio a las mujeres —y que también relega a las niñas y niños, personas con discapacidad, indígenas, personas adultas mayores y afrodescendientes, etc.— e infortunadamente continúa siendo promovida.
Se excluye a las mujeres de la participación pública mediante la reproducción de estereotipos y la exaltación, generalmente con fines comerciales, sólo de sus atributos sexuales o se las ridiculiza, si reclaman igualdad de oportunidades, derechos y trato.
El año pasado, en estas fechas, la UNESCO, la UNAM, y varios medios de comunicación firmaron el Pacto por la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y las Niñas, que establece compromisos para que los medios institucionalicen y apliquen prácticas concretas que eliminen la violencia contra mujeres y niñas, entre esas medidas destacan: promover la erradicación de estereotipos sexistas y la apología de la violencia contra las mujeres en sus contenidos, impulsar la participación paritaria de las mujeres en su estructura profesional y crear mecanismos internos para promover espacios laborales libres de violencia para las mujeres, lo que implica la emisión de protocolos de atención a víctimas de violencia de género.
La violencia simbólica sustenta otros tipos de violencia, porque el reiterado poder de las costumbres, tradiciones y prácticas cotidianas refuerza y reproduce relaciones surgidas del dominio y sumisión de las mujeres: por ello es tan importante identificarlos y rechazar esos encubiertos mensajes.
Tener plena conciencia de los contenidos culturales que se consume también es una forma de empoderar a la mujer, por lo que todos, sin excepción de sexo, deben ser responsables y exigir a los medios de comunicación que cesen la reproducción de estereotipos que estigmatizan y violentan a mujeres y niñas.












