La Organización Consultiva Marítima Intergubernamental de las Naciones Unidas, determinó que el día 17 de marzo de cada año se celebre el Día Internacional del Mar. Si se concibe como el mar en general, mares y océanos, destacan ahora más motivos de incertidumbre que plantea el cambio climático frente a este gigante, que de celebración.
Hoy se dice que aumenta su nivel. A lo largo del siglo pasado subió entre 10 y 20 centímetros, miden los que conocen del tema. Sin embargo, la tasa anual de aumento durante los últimos 20 años ha sido de 3,2 milímetros, más o menos el doble de la velocidad media de los 80 años precedentes. No se necesita ser experto para tener idea de lo que esto implicará para muchos países que tienen ciudades importantes en los litorales.
Desde el siglo pasado la quema de combustibles fósiles y otras actividades humanas y naturales han liberado en la atmósfera enormes cantidades de gases que atrapan el calor. Estas emisiones han provocado que la temperatura de la superficie de la Tierra haya aumentado y que los océanos absorban alrededor de un 80 por cierto de este calor adicional.
Pero además, otro problema que plantean quienes estudian el medio ambiente en general, es que el agua se torna más ácida. La acidez del océano podría ser ahora la más alta registrada en los últimos cinco millones de años. Lo anterior, de acuerdo con diversas estimaciones especializadas, pone en grave riesgo la vida en este ambiente que regula e incide en prácticamente todo lo que existe en el planeta.
Todos tienen la certeza de que se debe actuar ahora para aminorar los efectos del cambio climático si se quiere limitar el calentamiento y la acidificación de los océanos, así como los efectos de ambos en el medio ambiente. Sin embargo la tendencia es inercial y por el contrario, no se ven en el horizonte acciones contundentes en cuanto a protección ambiental.
Más bien, en lo general y en lo particular, cada vez asistimos más frecuentemente a atestiguar hechos de contaminación extrema, todas vinculadas con el estilo de vida, con la producción y con los intereses superiores de la economía. Hoy mismo la Ciudad de México enfrenta una crisis de una situación que viene de los años setenta. Ahora mismo vemos como los Lagos de Montebello están a punto de convertirse para siempre en charcas de agua color café, a consecuencia de las constantes descargas de contaminantes tanto de los desechos de ciudades como de la acción de productores de tomate que sin embargo, exportan y crean riqueza a un costo que ahora se ve demasiado alto.
El mar, ese gigante que pareciera impasible e invulerable, está ahora ante una serie de riesgos y amenazas, y quienes analizan esta situación ni siquiera pueden predecir de qué envergadura serán los efectos negativos para todos los seres vivos. Por eso, la conmemoración del Día Internacional del Mar es sólo ocasión para reconocer que no se ha hecho lo necesario para detener la contaminación de toda índole que acelera el calentamiento global. También es propicio para comenzar a aceptar que el destino de la naturaleza, ahora ya presa de un estrés generalizado, está determinado por una inercia que lleva a la destrucción.
Lo anterior es verdad porque a pesar de que hay acciones para defender al medio ambiente, todos los días se acumulan hechos que tienen que ver con un imparable proceso de infición en todo el planeta. En lo general y en lo particular, cada día es más lo que se intoxica y lo que se deteriora concientemente, que lo que se logra preservar y proteger. Es cosa de tiempo, cada vez menos tiempo.












