Más de 150 muertos y 300 desaparecidos era el saldo hasta ayer, del deslizamiento de tierra en la localidad de Santa Catarina Pinula, a solo 15 kilómetros de la Ciudad de Guatemala. Desde hace siete años, los encargados de seguridad civil en ese país habían advertido a sus habitantes del riesgo en que se hallaban. El año pasado recibieron el último aviso.
El documento de las autoridades es un informe que muestra la inestabilidad del terreno de la zona debido a que la erosión ya había comprometido las laderas de un cerro cercano. Es una combinación ya sabida en octubre, el mes de los desastres. La fórmula es en primer lugar la imprudencia de gente que se asienta en lugares en que no debe hacerlo. El segundo es abundante lluvia y la saturación que a estas alturas de la temporada tiene el suelo. Lo demás ya todos los saben.
Cada año, en diversos medios de comunicación de éste y de aquel país se vierten enormes cantidades de información preventiva que son desoídas por los habitantes a quienes van dirigidas. Es reiterativo, pero es necesario insisitir. Para eludir peligros y riesgos, es recomendable evitar asentamientos humanos en los lechos, cauces de ríos, zonas expuestas a variaciones marinas, terrenos inundados, pantanosos o de relleno, cerca de zonas industriales, basureros, vertederos municipales.
Así mismo, lejos de depósitos o instalaciones de sustancias peligrosos, bases militares, lugares donde existan probabilidades ciertas de la ocurrencia de desbordamiento de aguas, deslizamiento de tierra y cualquier situación que constituya peligro para la vida y la propiedad de las personas.
Al peligro lo definen como la probabilidad de ocurrencia de un evento causado por la naturaleza o por el hombre que, por su energía y persistencia, puede ocasionar desastres. Al riesgo, como la posibilidad de ocurrencia de daños o efectos indeseables sobre sistemas constituidos por personas, comunidades o sus bienes, como consecuencia de eventos o fenómenos perturbadores.
La Secretaría de Desarrollo Social del Gobierno federal ha exhortado para que las entidades propongan iniciativas a sus respectivos Congresos para legislar y sancionar la construcción de viviendas en zonas de riesgo. Lo anterior resulta pertinente en todo el país.
Las ciudades se han venido extendiendo sin orden derivado del crecimiento, pero también por la acción de invasiones. Esto acarrea afectaciones múltiples, ya sea porque los asentamientos a capricho dañan áreas naturales protegidas o porque se hallan en sitios de riesgo. Al paso del tiempo esas zonas comienzan a demandar servicios y en un momento dado llegan a formar colonias densamente pobladas con todo tipo de problemas al no ser producto de la planeación.
Un diagnóstico sobre asentamientos humanos ante riesgo de desastres, elaborado por la Secretaría de Desarrollo Social, revela que cada año 250 mil terrenos se incorporan al suelo urbano de forma irregular y que 90 mil hogares se asientan en zonas vulnerables a fenómenos naturales.
En muchas ciudades el medio ambiente es sujeto a intensiva presión tanto en humedales como en los cerros que rodean valles, los cuales son talados u horadados para dar espacio a nuevos asentamientos. En otras, la mancha urbana invade cauces de ríos o riachuelos que en temporada de lluvia son una muerte segura.












