Ice, Yaba, Meth y Crystal Meth son los nombres principales con los que se conoce a un tipo particular de metanfetamina en Camboya. Al igual que en otros países de la región, aquí la adicción a la metanfetamina también es un fenómeno que afecta a un número cada vez mayor de personas.
En los últimos años la policía camboyana ha lanzado masivas campañas antidrogas que han llevado al arresto de miles de drogadictos y traficantes, quienes con demasiada frecuencia reciben el mismo trato ante la ley.
Varias organizaciones humanitarias denuncian las reiteradas violaciones de los derechos humanos y, mientras tanto, las cárceles de Camboya siguen registrando cifras récord.
I., M., H., C., S. y A. -quienes por razones de seguridad piden no revelar sus nombres completos- son amigos desde hace mucho tiempo. Todos nacieron y crecieron en Mean Chey, un barrio periférico de Phnom Penh. Mean Chey es un suburbio, una sucesión de barracones al lado de un pantano y un pequeño arroyo que desemboca en el Tonlé Sap, el río que baña la capital.
En el denso serpenteo de callejones que es Mean Chey el sol apenas penetra, a diferencia de la lluvia, que en cada gran tormenta entra en las casas a través de los techos de plástico y chapa.
Los chicos, que tienen entre 23 y 27 años, se encuentran a primera hora de la tarde para fumar un poco de Ice. Lo hacen en casa de I., que consta de una única habitación con una cama en la que el joven duerme con su madre y dos hermanas.
“Venga, rápido -exclama el joven dirigiéndose a M.-, saca la botella y las pajitas, tengo la hoja y el mechero. Tenemos que apresurarnos antes de que mi madre regrese del trabajo. De lo contrario, tendremos problemas”.
Es el dueño de la casa quien lo prepara todo: una pipa de agua hecha de materiales fácilmente rastreables. Solo queda aspirar desde la pajita y esperar a que el Ice surta efecto.
En el Sudeste Asiático son sobre todo las clases más bajas las que consumen metanfetamina. Pero la burguesía medio-alta no se libra de ello. Las drogas de esta familia, que tienen forma de pequeños cristales, las toman los chicos por la noche en la discoteca, las prostitutas antes de recibir a los clientes, los trabajadores y los taxistas para trabajar tantas horas como sea posible.
Se trata de potentes excitantes que, si se toman durante un periodo prologado de tiempo, pueden provocar enfermedades psiquiátricas a menudo irreversibles.
Después del ritual, tras beber algunas latas de cerveza y Coca-Cola, los seis chicos se levantan y salen para sentarse en la entrada de la barraca de I. Aquí se quedan unos minutos en silencio mientras observan a sus hermanitos y primos jugando descalzos en un charco de color azul cobalto.
A su alrededor, en todas partes, hay basura de todo tipo; ahí dejan libres a gallinas y polluelos. “Mean Chey -sentencia el grupo de amigos- es un contenedor a cielo abierto, hay poco que hacer. Y lugares como Mean Chey hay muchísimos en Camboya”.
I., quien es conductor de mototaxi, es el primero que se suelta de los seis: “Cuando consumo Ice, casi nunca tengo suficiente con una sola dosis, y cada vez gasto hasta 20 dólares. Lo sé, es mucho dinero, pero también lo hago porque cuando consumo tengo más energía para trabajar toda la noche”.












