Misionero

Misionero

En un recorrido que inició cuando el sol no asomaba, el papa Francisco comenzó una extenuante jornada que lo llevó del centro del país más de mil kilómetros al sur, hasta la ciudad de San Cristóbal de Las Casas y de nuevo, a Tuxtla Gutiérrez. Sereno y con buen semblante, con ánimo y sonriente, sin huella alguna de cansancio, ha concluido su visita con un saldo más que positivo.

Como se esperaba, el contenido de su mensaje en los Altos ha estado marcado por alusiones a la justicia. Una justicia de la que evidentemente han estado lejos las etnias chiapanecas, a quienes dirige parte importante de su mensaje.

Y así ha respondido a las expectativas, pues sus palabras tienen correspondencia en la realidad que viven miles de personas, marcada por la pobreza que no ha sido posible eradicar para siempre.

Pero no solo se ha referido a este fenómeno social presente en muchas regiones del mundo, sino también a la exclusión, al despojo y a la sensibilidad. Por ello ha hecho ese llamado a la sociedad en general a pedir perdón a los indígenas. Sin duda, es mucho lo que encierra la historia de estas tierras que justifica el pedido que ha hecho Francisco.

Por eso, al hacer alusión al Popol Vuh, un contenido chiché originalmente prehispánico que intenta explicar el origen del mundo, dijo que pareciera que en él “hay un anhelo de vivir en libertad, hay un anhelo que tiene sabor a tierra prometida donde la opresión, el maltrato y la degradación no sean moneda corriente. En el corazón del hombre y en la memoria de muchos de nuestros pueblos está inscrito el anhelo de una tierra, de un tiempo donde la desvalorización sea superada por la fraternidad, la injusticia sea vencida por la solidaridad y la violencia sea callada por la paz”.

Tal vez el sumo pontífice, al citarla así, se refería a esa misma paz urgente para todos, veintidós años atrás, cuando un grupo de ciudadanos chiapanecos consideró que no había camino mas que el de la violencia para conseguir lo que hoy menciona.

No menos importante ha sido exponer el tema de los recursos naturales, en una región que ha sido explotada a tal punto que se hallan en peligro de desaparecer, producto de acciones que únicamente tienen explicación en las leyes del mercado, de acciones que no tienen el propósito de ver hacia el futuro.

No es aventurado sostener que por eso el santo padre de la Iglesia Católica ha dicho que nosotros, frente a la naturaleza, “hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que gime y sufre…”

Son temas frente a los cuales no hace falta ser católico, evangélico o musulmán, para darles la importancia que tienen. Que el representante de El Vaticano los traiga a la mesa de la misa, tiene un extraordinario valor, por su enorme influencia y peso moral.

Francisco ha concluido su visita a Chiapas como el extraodinario misionero que es, con una enorme fortaleza y puntualidad en sus señalamientos y observaciones. Por todo lo anterior, a tan distinguido visitante agradecemos infinitamente haber tomado en cuenta a esta tierra que no siempre ha estado ajena a conflictos y enfrentamientos, precisamente por hacer caso omiso a muchos de estos postulados y principios.