Mujeres indígenas rescatan comida tradicional mexicana

Mujeres indígenas rescatan comida tradicional mexicana

Su pasaporte internacional es la tortilla bicolor, así como el aroma y sabor de sus alimentos, inigualables y degustados en varios países; no es para menos: Juanita Bravo Lázaro es una de las mujeres indígenas de origen michoacano que encabezó el proyecto que permitió que la cocina tradicional mexicana obtuviera en 2010 la declaratoria de patrimonio cultural intangible de la humanidad.

A seis años de este decreto emitido por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), Juanita regresa exitosa de Kenia, donde en noviembre pasado conquistó paladares muy finos con sus gorditas y sopes de carne de puerco, res y pollo.

Por seis días llenó los restaurantes en los que se exhibieron sus platillos por invitación de la Secretaría de Relaciones Exteriores en ese país de África, donde también cocinó para personalidades diplomáticas durante la semana internacional gastronómica de Nairobi, Kenia.

Sentada en un petate de palma, la mujer de cabello mayormente blanco y pajizo, describe que las gigantescas tortillas de maíz blanco y verde hechas a mano tienen una historia ancestral según sus costumbres étnicas y religiosas.

Angahuan es la tierra que la vio nacer. La enfermedad de su abuela materna la llevó a cocinar, pues era quién cuidaba de ella por un problema en las rodillas. Así, desde temprana edad tuvo que aprender los secretos de la comida originaria. Al lado de su abuela y de su madre, aprendió a preparar una gama infinita de alimentos típicos de la región indígena.

Además de que sus alimentos la han llevado más allá de las fronteras de México, Juanita Bravo ha recibido innumerables reconocimientos y el nombramiento de “maestra cocinera”, con el que ha dejado legado en diferentes chefs mexicanos y extranjeros, quienes han copiado sus recetas, como ella misma lo platica.

Juanita reconoce que no ha sido nada fácil defender el rescate de la cocina tradicional, ya que se ha enfrentado a grandes desafíos: uno de ellos fue que hasta los 48 años aprendió a hablar español, pues solo conocía su lengua natal, el Purépecha, lo que le complicaba comunicarse con personas de otras raíces.

Actualmente, Juana Bravo tiene un establecimiento de comida tradicional en el centro turístico de las ruinas de la iglesia de San Juan.