“Nosotras, las niñas y jóvenes, algún día seremos grandiosas mujeres. Y, por eso, merecemos crecer en un mundo donde podamos vivir libres y sin miedo. ¡Cuídanos! ¡Protégenos! ¡Valóranos! ¡Llénanos de amor puro! Trátanos como si fuéramos la flor más delicada. Porque recuerda: si no fuera por una mujer fuerte y valiente, no hubieras llegado a este mundo. Juntas somos el grito por las que ya no están”.
Los acentos en español —de México o Guatemala, de Venezuela o Ecuador, de Puerto Rico o República Dominicana, de Costa Rica o Colombia, de Perú o Chile— de un puñado de mujeres emergieron como rastros inconfundibles de un contundente mensaje de un video multinacional grabado por niñas y adolescentes convertidas en voceras improvisadas de una férrea defensa de los derechos femeninos en América Latina y el Caribe.
Las voces se entrelazaron en un lenguaje común de repudio a los feminicidios, con una alerta contundente teñida de reproche que rompió fronteras y sobrepasó tonos vocales, razas, nacionalidades, edades y todo rasgo distintivo: “¡Juntas somos el grito por las que ya no están!”.
“Las niñas han tenido que presionar y se han visto obligadas a desarrollar actitudes de liderazgo”, aseveró la psicóloga infantil costarricense Sofía Torres, de la Comisión de Niñez y Adolescencia del Colegio de Profesionales en Psicología de Costa Rica.
“Al irse desarrollando, la niñez recibe constantes estímulos del entorno, aprende de lo que ve, de lo que escucha, de cómo es tratada, de las oportunidades constantes o limitaciones al explorar, opinar y tomar decisiones”, agregó.
Dulce, de 10 años e indígena maya guatemalteca, mencionó el contexto de su existencia en el departamento (estado) de Quiché, en el noroccidente de Guatemala. “En medio de las dificultades”, niñas y niños “tienen muchos anhelos para su presente y futuro”, relató.
Cáterin, 10 años y también indígena maya guatemalteca de Quiché, se refirió a “las preocupaciones de las niñas en mi comunidad” en torno al clima “y la desigualdad”, así como su percepción de esos conflictos desde su etnia.
Al compartir sus sueños de que “las voces de las niñas sean escuchadas”, deseó “trabajar juntas por mejores oportunidades”.
Jacinta, de edad no precisada, que va en cuarto de primaria e indígena maya guatemalteca de Quiché, compartió las esperanzas esenciales de niños de su aldea en un rincón remoto y olvidado por siglos por las clases dominantes en Guatemala.
Dulce, Cáterin y Jacinta son conscientes de que son originarias de una zona guatemalteca que, aparte de su legado como civilización maya, se convirtió en la década de 1980 en un crucial teatro del conflicto bélico de Guatemala, de 1960 a 1996, donde se efectuaron unos mortales episodios de los que supieron por los relatos de parientes mayores y que nunca los estudiaron en escuelas. A las abuelas y los abuelos de las tres les correspondió vivir días de terror en esa región, por las políticas militares de tierra arrasada.
Las tres asistieron como portavoces de “Generación Esperanza”, campaña global de Save the Children, institución mundial no estatal de defensa de los derechos de la niñez.











