En el camino a convertirse en adulto hay que pasar obstáculos, levantarse de tropezones y adversidades, que sólo con la madurez que se espera del paso de los años se podrían resolver. Pero no para todos es igual. Jorge creció de golpe. A los ocho años dejó de ser niño. La infancia lo abandonó.
Ese día decidió tomar la mano de su tío en una de las calles de la Rivera Hernández, en San Pedro Sula, Honduras, y salió a probar una bicicleta. Después de varias cuadras de recorrido y algunos minutos, a ambos les dio sed y decidieron pasar a una tienda por una bebida. Ahí, justo en ese recuerdo de un día normal en apariencia, se detiene la memoria de Jorge. Dos jóvenes miembros de una pandilla los estaban esperando. Cruzaron frente a la tienda en bicicletas, sacaron sus armas y dispararon hasta que vieron caer a su tío. Jorge se desmayó al instante y despertó con el peso encima del cuerpo inmóvil de su familiar.
Después de ese día, en el lapso de los siete años siguientes, asesinaron a su padre, y un hermano mayor ingresó a una pandilla; envolvió y repartió droga y después le pidieron asesinar a otro integrante de su familia. Su vida cambió de nuevo ante tal petición. Algo sucedió: se negó.
“Bueno, en ese entonces no me negué, pero… Me tuve que venir [a México] porque incumplí una regla y me podían matar”, relató Jorge, actualmente de 16 años. Después de ese momento, sin pensarlo dos veces, le avisó a su tío sobre el plan de la pandilla, tomó un cambio de ropa y huyó a México. Solo y sin decir adiós.
“Toda mi vida anterior no la quisiera recordar… Pero son cosas que han pasado. No digo que lo pueda olvidar, pero sí lo puedo sacar de mi cabeza un momento”, explica Jorge, quien está en espera de una respuesta al proceso iniciado para ser refugiado en México.
Migrar o caer en las garras
En los últimos cuatro años, el número de solicitudes de refugio en México por parte de menores no acompañados provenientes del Triángulo del Norte —Honduras, El Salvador y Guatemala— se incrementó 350%: en 2013 fueron 65 menores originarios de esas naciones quienes pidieron refugio en nuestro país; en 2016 la cifra llegó a 229, según datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar).
Esta cifra es realmente baja si se compara con el movimiento migratorio de estos países registrado por el Instituto Nacional de Migración (INM): de 2010 a lo que va de este año se han presentado ante la autoridad 66 mil niños que viajan sin algún familiar responsable de ellos, a 99% los han regresado a sus países de origen. En 2013 fueron 5 mil 562; 2014, 10 mil 711; 2015, 20 mil 347, y en 2016 se redujo un poco, a 17 mil 530.
En ese contexto, en 2006 la Red de Módulos de Tránsito para Niños Migrantes del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) registró 262 niños del triángulo Norte, mientras que para 2016 cruzaron la frontera 18 mil 998. La cifra llegó a miles en 2010: 3 mil 28, y se fue incrementando de a poco hasta 2014, que alcanzó 13 mil 639.
Llegar a uno de estos lugares significa tener un conocimiento de la ruta, pero la mayoría de quienes huyen de su país, como Eduardo, salen sin rumbo y sin pensar en regresar: “Si volvía iba a caer en las garras de ellos”.
Eduardo se encuentra en el mismo proceso de refugio. En los tres meses que lleva en México ha hablado con su familia cada semana, pero no les ha dicho por qué huyó. Él trabajaba en la ciudad de San Pedro Sula arreglando fallas mecánicas, y tenía que entrar y salir de barrios gobernados por pandillas. Lo quisieron forzar a trabajar con ellos, no aceptó y recibió amenazas de que si lo volvían a ver por ahí lo mataban a él y a su familia. Regresó a casa, lo pensó unos días, tomó una mochila y huyó con la idea de ir a Estados Unidos.












