El 13 de abril, EUA lanzó la “Madre de Todas las Bombas” en Afganistán. El blanco era ISIS. Posteriormente se ha informado que ni el secretario de Defensa, Mattis, ni el consejero de Seguridad Nacional, McMaster, estaban al tanto de la decisión. Quizás. Sin embargo, el haber empleado por primera vez el arma no nuclear más poderosa con la que cuenta EUA, y el haberla usado precisamente contra ISIS, no eran temas que podían escapar de la atención de los medios en todo el planeta. Mucho menos cuando la semana previa, EUA acababa de atacar Siria. Por tanto, debemos suponer que alguien en la cúpula militar quiso que el mensaje llegara a su destino. Y el destino del mensaje no era únicamente una filial de ISIS que cuenta con algunos cientos de combatientes. El destino incluía, entre otros, a Rusia, ya que esa potencia está jugando —de nuevo— un rol cada vez más relevante en Afganistán.
Primero, el conflicto entre la insurgencia talibana y el gobierno de ese país asistido por la OTAN, sigue escalando. Hoy, a pesar de los 10 mil soldados estadounidenses que permanecen ahí, los talibanes han reconquistado casi la mitad del país, la mayor cantidad de territorio desde que perdieron el poder en 2001. Esta semana la OTAN ha solicitado un nuevo incremento de efectivos para poder cumplir con sus funciones.
Segundo, ISIS tiene sus centros operativos en Irak y en Siria, y ha estado sufriendo considerables derrotas ahí. Sin embargo, ISIS no es un “grupo”, sino una red que opera en 28 países. En 2014, ISIS envía representantes a Afganistán y Pakistán, los cuales convencen a grupos de talibanes para sumarse a la causa del califato. Así, en 2015, se establece la “Provincia Oriental del Estado Islámico” formada principalmente por talibanes afganos y paquistaníes. Las estimaciones de su tamaño varían de entre algunos cientos hasta 2000 miembros. No obstante, al operar bajo el paraguas de ISIS, un atentado o un ataque contra las tropas estadounidenses como el ocurrido justo esta semana, puede echar por tierra la noción de que Trump está combatiendo a ISIS de manera eficaz.
Tercer factor: Ahora, a todo ese esquema, hay que añadir el involucramiento de Rusia. EUA acusa a Moscú de estar armando a los talibanes y de tener un papel cada vez más activo en Afganistán. Si bien Rusia lo niega, es un hecho que el Kremlin ha estado intentando tener una presencia política en ese país de mucha mayor relevancia que en los últimos años. Hasta 2014, Rusia incluso permitía a la OTAN la utilización de su territorio para la transportación a Afganistán de equipo militar no letal. Sin embargo, las cosas han cambiado mucho; las relaciones entre Rusia y la OTAN se encuentran en su peor momento desde tiempos de la Guerra Fría. Es ese el contexto en el que Moscú ha liderado ya tres rondas de conversaciones entre el gobierno afgano y los talibanes. EUA fue excluido de las dos primeras y fue solo invitado a la última de ellas. Por supuesto, declinó asistir.
Sumando lo anterior, quizás puede quedar un poco más claro el escenario en el cual el ejército estadounidense decide primero, estrenar una de las armas convencionales más poderosas que posee justo ahí y justo ahora, y segundo, buscar un mayor presupuesto militar para incrementar su presencia en ese país. ¿Aprendizajes? Han pasado 40 años y Afganistán sigue siendo escenario de las confrontaciones entre las superpotencias, los extremistas religiosos, cuna de Bin Laden y sus redes de terror. Cambian los nombres, las lealtades, el destino de los dineros y las armas, pero la sociedad afgana sigue padeciendo las consecuencias.












