Panaderas contra violencia de género

“Cada pan es reflejo de cómo nos sentimos”, dice Alicia. El Universal
“Cada pan es reflejo de cómo nos sentimos”, dice Alicia. El Universal

Azúcar, huevo, leche, mantequilla, vainilla, harina, compañeras, feminismo, reflexión, charla, abrazos y dos sicólogas. Estos son algunos ingredientes para elaborar un panqué en Las Panas. No es cualquier masa, lleva un relleno sorpresa: la lucha contra la violencia de género.

“Las penas con pan son menos” es un dicho que se toma en serio en este taller. Aquí las mujeres aprenden a elaborar conchas, chapatas, roles, pizza y cerca de 20 recetas distintas mientras son guiadas por las sicólogas Rosalía Trujano y Alicia Salgado para adquirir herramientas de sororidad (solidaridad femenina), empoderamiento económico y autorreconstrucción.

Las Panas es un proyecto social que comenzó a hornearse hace tres años cuando Rosalía se reunió con amigas para hacer pan en su tiempo libre. Ahí ella se dio cuenta de las posibilidades en torno a esta actividad: “Podíamos crear lazos mucho más entrañables. Nos pasábamos tips, pero también nos contábamos tristezas, alegrías”.

“Hacer pan es un pretexto para reflexionar sobre temas como nuestra posición como mujeres en nuestra comunidad, el rol que nos asignan, cómo vivimos las violencias y reconocernos como compañeras”, cuenta Xóchitl Quezada, quien es de las primeras generaciones y voluntaria en Las Panas.

Las Panas es un espacio seguro en un país donde 66.1% de las mujeres de 15 años y más ha sufrido al menos un incidente de violencia emocional, económica, física, sexual o discriminación en su vida, según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2016.

Reconciliarse con la cocina

Es un viernes por la mañana y las panaderas aprendices llegan corriendo a la colonia Santa María la Ribera. Se saludan, se ponen sus mandiles, se sirven un cafecito, leen la receta del día, platican sobre su ánimo.

La profesora voluntaria les cuenta su secreto para obtener un panqué esponjoso. Ellas miden los ingredientes. Una pizca aquí, otra por allá. Suenan carcajadas. Algunas permanecen en silencio y ciernen la harina con la mirada fija en ese desierto blanco. Quizá imaginan que por ahí se cuelan las tristezas.

Batir, amasar, esperar. Mientras el horno se precalienta, Alicia les pide que piensen en lo que se nos prohíbe hacer por ser mujeres. Las restricciones toman forma en pedazos de papel y las pegan alrededor de una silueta dibujada en la pared.

Para Carla, estar en grupos de mujeres es sanador: “Me gusta elaborar el pan, también las redes que se han tejido entre compañeras. Nos juntamos, hacemos pan, platicamos, amasamos. Es como una terapia”.

Eres lo que horneas

Huele a pan. En los moldes ya se asoman los panqués recién horneados. Algunos apachurrados, otros inflados, rebosantes, tostados o ligeramente chapeados por el bochorno del horno. Sobre la mesa, cada una de las panaderas comparte un pedazo de sí mismas. Cada pan es diferente.

“Que cada pan sea reflejo de cómo nos sentimos”, expresa Alicia. “En su pan dicen todo. Su pan va a hablar por ustedes, es su reflejo. Si no les queda bien, es porque algo traían, no lograron dejarlo fuera y ahí está. Le pasaron esa energía al pan”.

Ellas planean hacer una panadería social: “Queremos tener un espacio donde podamos emplear por cierto tiempo a las mujeres, que se preparen, que se capaciten con nosotras, no sólo en técnica de pan, sino justo en todas las herramientas; que puedan trabajar en la panadería”, detalla Rosalía.