A las dos de la mañana, a patadas, con extrema violencia, sacaban a los presos, a empellones, de sus celdas en esa sección del Centro de Readaptación Social número 14 El Amate. Los internos eran conocidos chiapanecos que se hallaban en prisión por la sola voluntad del gobernador Pablo Salazar. Ninguno había robado, matado, ni cometido crimen alguno, pero pasaron años privados de su libertad.
En ese escenario había un personaje que se distinguía por la saña con la que procedía contra estos distinguidos huéspedes de la cárcel. Proveniente del modesto hogar de un locutor, abogado de profesión, fungía como agente del Ministerio Público de la Procuraduría General de Justicia de Chiapas. Si había que golpear las puertas para estresar y angustiar a los internos, era el que más se empeñaba. Si había una tarea más ingrata que hacer, era él quien se esmeraba, para torturar.
Pensaba tal vez que la impresión de su conducta sería del conocimiento del fiscal terrible, Mariano Herrán, y de su jefe, Pablo Salazar, y por ello sería ascendido. Pero ese acoso a esos reos, que también se extrendía a los de otras zonas del penal, lo único que causó fue cada vez más frecuentes motines en ese penal, que la administración presumía era modelo, únicamente por ser de reciente construcción. En su interior el autogobierno y todas las formas en las que se puede denigrar a un ser humano persistían, llevadas del antiguo penal de Cerro Hueco.
En ese infierno se distinguía ese personaje que parecía gozar más que cualquiera con la miseria humana a la que se reducía y hundía a la población carcelaria de entonces en ese lugar. Toda la bajeza de la que puede ser capaz el ser humano estaba allí, y este agente del Ministerio Público era el que destacaba en ese indeseable escenario en el que la persona humana deja de serlo.
Augusto Solórzano Sol, era su nombre. Relativamente joven entonces, no por eso habrá justificación para conducta tan deleznable. Sin embargo, al correr de los años parece que el personaje tiene aspiraciones acordes a su condición de individuo. Es decir, pareciera que aspira a ser director del mismo Centro de Readaptación Social número 14 El Amate. Ya los presos y sus familias podrán ir sabiendo a qué atenerse, de llegar a concretarse el arribo de este abogado, hoy con quince años más de experiencia que en aquel entonces.
Es un hecho que si ya hay problemas en ese penal, de llegar una persona como la mencionada, aumentarán. No se descarta que agrupaciones como el Secretariado Internacional de la Organización Mundial Contra la Tortura, que ya se ha ocupado de ese sitio, retornen con una actuación más estridente que podría repercutir en todos los ámbitos del estado.
Es cierto que la dirección de un penal reclama disciplina, pero ésta nada tiene qué ver con el placer anormal de ver sufrir a otros seres humanos.
Quien quiera comprar problemas, los que parecen estar en oferta ante esta situación son los siguientes: demandas en el sentido de garantizar la seguridad y la integridad física y psicológica de los reos; solicitud de investigaciones independientes, inmediatas, exhaustivas e imparciales de las denuncias sobre tortura, trato degradante y violaciones a los derechos humanos.
Si Chiapas necesita nuevos problemas, pues hay viejos caminos para traerlos.












