Los porcentajes, sus significados y sus usos se han convertido en religión. No en una suerte de religión: su recado, lo utilice quien lo utilice, sobre todo políticos y organizaciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, es mantra: lo que dicen (espetan) es lo que es. Sus datos, aseguran, no permiten disenso. De acuerdo a sus formas de mirar y juzgar uno más uno siempre es dos. En aritmética, los signos + (más) y – (menos) no fallan; en la(s) realidad(es), sumar y restar implica diversos factores no siempre idénticos: tiempo, sitio, quién suma o resta e intereses propios de quien busca resultados “adecuados” pueden alterar el resultado.
Enfermedad similar al mundo de los porcentajes son las encuestas sobre la aprobación o no de la popularidad o impopularidad de los políticos. Las encuestas y las estadísticas son, dicen quienes las llevan a cabo, neutras. Difícil creerles: sus ganancias militan en contra de la neutralidad.
Un conferencista explica al auditorio los resultados de un nuevo experimento con un nuevo fármaco realizado en tres ratones: “33 por ciento se curó, 33 por ciento murió y el tercer ratón se escapó”. Ante tantas enfermedades en el mundo, las encuestas y sus conclusiones deben leerse bajo la óptica del ratón cuyas habilidades le permitieron escapar. Cifras y porcentajes, merecen leerse con cuidado. Unas alegran, otras aterran.
Inundada la más media por noticias falsas, interpretar encuestas y porcentajes es necesario. Lo mismo sucede con los datos de algunos de los dueños del mundo, léase FMI y BM o con académicos como Steven Pinker, profesor de la Universidad de Harvard, quien asegura, “el mundo está mejor que nunca y pocos lo saben”. Harvard no es Sierra Leona ni Pinker ha viajado con los indocumentados centroamericanos cuyas decisiones en busca de “otra vida” se enfrentan con la peor de las plagas, la plaga humana.
Mientras tanto, leer los datos del FMI y del BM es necesario. Imposible creerles. No está por demás buscar al ratón que sobrevivió.












