Hay en Chiapas gente con enorme capacidad y experiencia académica probada que tendría deseo de contribuir con su trabajo a la administraciín pública. También de otro perfil práctico que cuenta con una trayectoria de honestidad, de eficacia y rendimiento.
Pero es el caso que gente forastera, sin ningún vículo con los chiapanecos, como en su tiempo sucedió con Pablo Salazar, que atrajo oleadas de chilangos ávidos de hacerse ricos en opoco tiempo, insiste en meterse en cargos cuyo desempeño afectan a los chiapanecos. A veces se trata de sujetos siniestros, capaces de todo con tal de permanecer medrando, como es el del bajacalifoniano Amador Rodíguez Lozano.
Se trata de individuos que no vienen a servir, sino a servirse, en perjuicio de los chiapanecos, a quienes incluso han lastimado y esquilmado a través de terceros. No son profetas de su tierra, porque si así fuera, allí estuvieran, pero de ahí han tenido que emigrar a donde no los conozcan.
Es decir, no los quieren allí, porque ahí sí los conocen.
Algunos han desertado de las organizaciones que los han hecho personas… visibles, con el argumento de que la democracia no se vende, pero en realidad es lo último que les interesa, pues el objetivo es el poder por el dinero. Incluso algunos ingenuamente han querido ser gobernadores, cuando para lo que tienen talento es para ser ejecutores de hampones. Son perdedores con un partido, perdedores con otros, perdedores con todos. Y el tiempo y la realidad se les vino encima.
En otro escenario están algunos actores locales en los que nadie confía por el historial que llevan a cuestas, como es el caso de Juan Carlos Moreno Guillén. No son pocas las críticas que le dirigen al ahora magistrado presidente del Tribunal Burocrático.
En ocasión de su nombramiento, se recuerda por anecdótico, hubo quien aseguró que “cayó como mentada de madre a los trabajadores que tienen la necesidad de recurrir a esta instancia para dirimir sus conflictos laborales”.
Le tienen como el prestanombre de Pablo Salazar Mendiguchía. Como legislador local y presidente del Régimen Interno de la LXI Legislatura chiapaneca, por escrito le señalan el servilismo hacia su protector. Pero también lo exhibien “su petulancia, egolatría y prepotencia”.
Los chiapanecos no olividan que haya operado “las más viles reformas legislativas como la llamada ley mordaza que impulsó el ex gobernador y su brazo ejecutor, Rubén Fernando Velázques López, otrora secretario general de Gobierno”.
Del hecho que Pablo Salzar lo haya nombrado presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Chiapas en sustitución de don Pedro Raúl López Hernández, opositor a la política reiterada de violación de los derechos humanos, tampoco le reconocen nada bueno. Más bien una postura de contención de denuncias ante los excesos del pablismo, e indiferencia.
“Entregado en cuerpo y alma a las decisiones y caprichos del entonces gobernador (Pablo Salazar), Juan Carlos Moreno Guillén dejó entrever su poca calidad como ser humano sustituyéndola por intereses personales, políticos y económicos que cumplió al ser fiel cómplice (…) pues antes de ese gobierno era un don nadie. Por eso las ínfulas con que llega al Tribunal del Trabajo Burocrático deberán estar bajo la lupa y no meramente en el contexto de un aliado de los empleados que necesitan de sus servicios”.
Eso han dicho los chiapanecos, por estrito.
Pero como se ha planteado al principio, es un hecho que en Chiapas hay gente honorable, con deseos de trabajar por su estado.












