Redefinir el desarrollo

Contra lo que pudiera pensarse, los múltiples avances conseguidos en los indicadores de desarrollo humano en el mundo no implican necesariamente una mayor sensación de seguridad en las poblaciones, incluidas algunas de los países más ricos. Por el contrario, seis de cada siete personas en el planeta se sienten vulnerables y sufren un sentimiento de inseguridad y ansiedad.

Lo anterior se desprende del más reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, en el que se subraya que la sensación de la protección de la población se encuentra por debajo del mínimo deseable en casi todos los países.

De acuerdo con el análisis de las Naciones Unidas, aun algunos países con los niveles más elevados de salud, riqueza y educación también muestran un mayor grado de ansiedad que hace 10 años.

En países como México, según han documentado especialistas de la Facultad de Psicología de la UNAM, la ansiedad y la depresión son enfermedades que no dejan de ganar terreno en la población desde hace años. La violencia que no cesa, los conflictos políticos y migratorios, la polarización política y social, los efectos ya evidentes del cambio climático, la creciente desigualdad y el maltrecho sistema de salud que pone en entredicho su capacidad para gestionar enfermedades, colocan a las poblaciones en situaciones de crisis anímicas recurrentes.

La desesperanza en el país se ha convertido en una especie de síndrome que golpea cada vez más a todos los sectores de la sociedad, no solamente a los menos favorecidos.

Es en este contexto que en el Informe del organismo de las Naciones Unidas se llama a reforzar la solidaridad internacional para elaborar un “nuevo enfoque de desarrollo” que permita a las personas vivir sin carencias, ansiedad, miedos e indignidad. Se trata de generar un nuevo modelo que ponga énfasis en un futuro más prometedor.

Los países con un desarrollo más alto tienden a beneficiarse más de las presiones ejercidas sobre el planeta y a pagar menos sus consecuencias.

El Informe dado a conocer por el organismo de las Naciones Unidas pareciera impecable. Pone el dedo en la llaga, justo donde duele y donde se evita reparar. Este modelo de desarrollo está muy lejos de ser sinónimo de bienestar. La lucha contra las amenazas exige que gobiernos y otros actores políticos las aborden conjuntamente considerando los principios de protección, empoderamiento y solidaridad, de tal modo que generen sinergias y no contradicciones, particularmente en lo referente a la seguridad de las personas, la salud del planeta y el desarrollo humano. Es preciso pues, redefinir con toda claridad, frente a una humanidad cada vez más ansiosa y un planeta más vulnerable, lo que se entiende por desarrollo.