Rio de Janeiro es el primer país sudamericano del siglo XXI y el segundo latinoamericano, que organiza las Olimpiadas; los juegos de la XXXI olimpiada en un país lusófono. Las Olimpiadas son un evento asombroso. México, los organizó en 1968.
Los juegos olímpicos comienzan con una linda inauguración conmovedora, una verdadera fiesta de fraternidad y de paz entre todas las naciones simbolizadas por los cinco aros olímpicos, que representan los cinco continentes. En el desfile inicial de las comitivas deportivas de cada país participante, 206 comités olímpicos en esta ocasión en Río de Janeiro, podemos ver iraníes y franceses, rusos y norteamericanos, israelíes y alemanes haciendo la vuelta olímpica juntos. Todas las banderas y los colores desfilando unidos y olvidándose por un momento de las divisiones geopolíticas, culturales y religiosas.
Sin embargo, pasado el desfile de los 11 mil 551 atletas y el encendido de la antorcha olímpica, comienzan las competiciones. Ahora es competición. Y competición entendida como vencer al otro, a los otros. Se olvida la amistad. Es una verdadera lucha por el podio. En el podio solo hay espacio para tres, no más. El podio se torna motivo de guerra en busca del preciado oro, plata o bronce. El ímpetu del podio se torna muchas veces una cuestión política e ideológica. Esta obsesión fue, lo que sin duda, impulsó a Rusia, uno de los países con más representantes en la contienda olímpica, a ser suspendido de poder participar en estos juegos olímpicos por descubrirse un esquema de dopaje en sus atletas.
Me pregunto, ¿Sería este el espíritu de los juegos, en la ciudad de Olimpia, cuando los griegos los inventaron en la antigüedad? Es conveniente, creo yo, volver a las raíces e ideales de los primeros juegos olímpicos. Los juegos olímpicos eran considerados un regalo de los dioses para con la humanidad. Y de este modo buscaban la paz entre las ciudades estado de la antigua Grecia. En este evento inventado por los helénicos, la competición era y reflejaba igualdad de condiciones al grado que los atletas competían desnudos y descalzos. Así, la condición social y la riqueza del competidor no eran importantes; la competición era entre iguales y el premio no era material ni dinero sino una corona de olivo que simbolizaba la gloria que aseguraba la sobrevivencia de quien la poseyera obteniendo, de este modo, el favor de los dioses del Monte Olimpo. Por Felipe Ortiz.












