Ningún campesino uruguayo descarta llegar al extremo de acatar la sugerencia del presidente de Uruguay, Luis Lacalle, de recurrir a una ceremonia ancestral y hacer la “danza de la lluvia” por la severa sequía que azota a América Latina y el Caribe por el cambio climático.

“Las praderas que sembré para obtener pastos se achicharraron por los calores y sin lluvia”, narró el productor ganadero, Ariel Segredo, del departamento (estado) de Cerro Largo, en el nororiente de Uruguay y limítrofe con Brasil.

“La situación es gravísima y sabemos que se pondrá peor. Estamos en el tercer año consecutivo con lluvias por debajo de lo normal”, dijo Segredo, como uno de millones de víctimas del sector agropecuario latinoamericano y caribeño por la prolongación, en unos países con más y en otros con menos intensidad de la sequía por la crisis climática.

Por la sequía, el gobierno uruguayo declaró emergencia agropecuaria a inicios de 2022. El fenómeno afectó la producción de cereales en Argentina, Brasil y Uruguay. En rueda de prensa el 4 de enero que aseveró que “estamos haciendo casi que el baile de la lluvia”.

El Atlas de Sequías de América Latina y el Caribe, elaborado por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en asociación con centros de estudio estatales y no estatales americanos y europeos, recordó desde 2018 que la zona “ha sido históricamente vulnerable a los impactos de la sequía” y que ese fenómeno “ha tenido el efecto de reducir hasta un 1 % el Producto Interno Bruto” de la región.

Con números inquietantes, Uruguay mostró el golpe de la sequía como un saldo del cambio climático, provocado por la intensificación del efecto invernadero ante las emisiones industriales por la quema de combustibles fósiles, entre otros factores.