México, DF * Notimex. Para la fiesta anual de la Virgen de Guadalupe se empieza a notar el color, la luz, el calor y el sonido en la basílica mariana, donde ya se vive el fervor guadalupano.
El interior del santuario luce pletórico de fieles provenientes de todos los rumbos del país, mientras que en el atrio se da la bienvenida a los recién llegados, todavía es posible caminar con holgura, pero es ya imposible dejar de sentir el estímulo a través de todos los sentidos.
La vista se llena del color de las peregrinaciones que, en su mayoría ordenadas y uniformadas, alcanzan el punto final de su destino, al mismo tiempo que se capta el olor de velas y los sahumerios que llevan los danzantes disfrazados a la usanza prehispánica.
El oído se ve invadido por el golpe de tambores de estos danzantes y por la música de viento que al aire lanzan las numerosas bandas que en movimiento demuestran su arte o que, refugiadas en un rincón, alegran oídos y corazones de sus oyentes.
El sentido del gusto debe estimular o satisfacerse antes de entrar al recinto sagrado porque ya no se permite en e interior el comercio ambulante, que prolifera en los alrededores de La Villa.
De igual manera es inevitable el contacto cercano entre los individuos pertenecientes de distintos grupos o peregrinación, ya que buena parte de ellos entran con las manos entrelazadas a la Insigne.











