Hoy, cada paso de quienes aspiran a convertirse en representantes populares y forman parte del movimiento de la Cuarta Transformación, tendrá consecuencias tanto individuales como colectivas.
Es necesario que cada una y cada uno de los aspirantes coloque por encima de sus intereses personales al movimiento y al país. De no hacerlo, se estaría frente a la enorme paradoja de que quienes hoy se encuentran en condiciones de competir lo hacen gracias a la fuerza construida colectivamente por Morena, y que podrían ser ellos mismos quienes, desde dentro y haciendo el trabajo de la oposición, terminaran debilitando al partido y a un proyecto nacional que ha decidido enfrentar el embate de esa derecha internacional.
Lamentablemente, parecería que la soberbia puede terminar conduciendo precisamente hacia aquello que coloca en lo más profundo del infierno: la traición.
En el panorama nacional ya se observa cómo, en distintas entidades, hay quienes, con tal de alcanzar una candidatura, decidieron convertir el golpeteo contra gobernadoras y gobernadores de su propio movimiento en una estrategia de posicionamiento personal.
Podrá parecer rentable en el corto plazo, pero se trata de acciones que erosionan los cimientos de un proyecto político que tiene entre sus principios fundamentales no mentir, no robar y no traicionar al pueblo.
Quienes hoy aspiran a encabezar gobiernos, municipios o representaciones legislativas tendrán que decidir qué camino quieren recorrer.
Pueden entender que forman parte de algo que los trasciende y que ninguna candidatura vale más que la unidad de un proyecto; o pueden permitir que la soberbia les haga creer que el movimiento les pertenece y que, sin ellos, nada puede continuar.
Ojalá los militantes de Morena no tengan que llegar hasta el noveno círculo del infierno para recordar algo más sencillo: que ninguna aspiración personal puede valer tanto como para traicionar aquello que hizo posible esa aspiración.












