La provincia noroccidental de Pailin, en la frontera con Tailandia, es conocida, muy a su pesar, por ser uno de los bastiones de los Jemeres Rojos.
Aquí los seguidores del Partido Comunista de Kampuchea, por temor a una invasión desde el oeste, llenaron los campos de minas de todo tipo que todavía hoy, décadas después, siguen provocando víctimas entre los civiles.
Es difícil, por no decir imposible, encontrar en esta zona de Camboya a una sola familia que no tenga algún miembro al que le haya explotado una mina. Y hay casos en los que las víctimas son familias enteras.
Pailin, con una superficie de 800 kilómetros cuadrados, es un centro de poco más de 70 mil habitantes.
A principios de los años 70 el descubrimiento de yacimientos de gemas y otros minerales preciosos dio un poco de prosperidad a la ciudad, que enseguida atrajo la atención de los Jemeres Rojos, de los cuales fue uno de los principales bastiones incluso después de la caída de su régimen (que duró de 1975 a 1979) por obra de Vietnam.
En Pailin todavía viven exoficiales de Angkar Padevat (otra de las denominación del partido de los Jemeres Rojos) y una buena parte de la población civil masculina ha luchado en sus filas.
“Cuando acabó el régimen -explica Soun Rithy, de 47 años, de la aldea de Phsar Prom Chheung- los Jemeres Rojos se quedaron aquí durante mucho tiempo. Me reclutaron en 1986, tenía solo 16 años. Me vi obligado a hacerlo, no tenía otra opción, pero al principio fue algo que me llenaba de orgullo”.
Dice que “sostener un arma, llevar el uniforme, que consistía en un traje azul y una bufanda de cuadros roja y blanca, me hizo sentir grande desde el primer momento”.












