Entre herramientas con más de 125 años de antigüedad, algunas de ellas importadas desde París y otras heredadas de su abuelo, Rodrigo García Guerrero trata de mantener a flote la producción de sombreros con una técnica artesanal que consiste en diseñar cada producto de forma exclusiva y pintar a mano algunos. “Son obras de arte”, consideran los clientes.
En la calle de Villada, municipio de Toluca, se encuentra El Texano, un pequeño establecimiento en el que se observan vitrinas con sombreros hechos de lana de borrego, pelo de conejo, castor, nutria y colores que salen de lo común, pero ninguno se parece a otro, todos son únicos.
El joven de 28 años aprendió el oficio de su abuelo, quien a su vez lo heredó de su padre. Hace 10 años, Rodrigo decidió abandonar la Antropología para dedicarse al oficio que le enseñaron desde los 12 años, cuando el sector estaba en picada, puesto que pocas personas utilizaban dichos accesorios.
Con el paso de los años, dice, logró independizarse de la tienda familiar en el municipio de Tenancingo para abrir su propio local en Temoaya y, apenas hace dos años, abrió una sucursal en Toluca, donde comenzó a crecer la demanda “como la espuma”.
El lugar está lleno de ejemplares colgados en repisas que permiten tocar y percibir la calidad del material. Hay herramientas extrañas como un sombrero de fierro importado de Europa que mide la cabeza, un planchín, el hormellón, la cuerda y el bajador, que tiene 100 años de antigüedad.
El vapor sale de la piel del sombrero mientras Rodrigo cuenta cómo fue seleccionado para entregar 125 piezas para History Channel, un canal de Estados Unidos, y que los contactó Estudios Churubusco para colaborar en una serie televisiva sobre la Batalla del Álamo de 1836: “En una semana entregué todo, necesitaban un acabado que diera apariencia desgastada y vieja. También es parte de la herencia de mi abuelo, quien trabajaba para Televisa hace varias décadas”, narra.
Aunque los sombreros son su pasión, hay productos que no le gusta elaborar, explica, como los de charro, que puede hacer, al igual que los texanos u otros, pero no es algo que le atraiga. Su especialidad son los diseños únicos.
Su orgullo, dice, es un ejemplar de color azul cielo tiene unos colibríes pintados con óleo que parecen estar posados sobre unas varas de coral que circundan el sombrero, un diseño que cuesta más de mil 100 pesos.












