Los resultados de las elecciones intermedias de Estados Unidos van más allá de los nuevos juegos de fuerza entre demócratas y republicanos: parece que allá también es tiempo de mujeres. Keisha Lance Bottoms será la primera mujer afroamericana elegida gobernadora en la historia del país; Deb Haaland, de la comunidad Laguna Pueblo, la primera indígena al frente de un estado, Nuevo México; Gina Hinojosa, con raíces potosinas, se convertirá en la primera latina gobernadora de Texas, y Amy Acton, la primera en gobernar Ohio.
No son las únicas, también están Amy Klobuchar para gobernar Minnesota y Peggy Flanagan, integrante de la nación Ojibwe, primera indígena en el Senado. En la Cámara de Representantes, Melat Kiros será la primera de la Generación Z –nació en 1997– en llegar al Congreso y también la primera en lograr un escaño. La pregunta ahora, más allá de estas victorias históricas, es si con ellas llegarán todas.
Datos del Center for American Women and Politics, de la Universidad de Rutgers, ponen en perspectiva el festejo. Al menos 17 mujeres gobernarán estados en 2027, el 34 % del total y un récord. Buena noticia hasta ahí, pero no se debe omitir que las ganadoras pertenecen a partidos opuestos y no comparten una misma agenda. Romper el techo de cristal importa, pero no garantiza por sí mismo la adopción de una agenda a favor de los derechos de las mujeres.
Entre los temas a seguir está el acceso a la salud reproductiva: según la fundación KFF, dedicada a la investigación, el periodismo y el análisis de políticas de salud, 13 estados mantienen prohibiciones prácticamente totales del aborto, entre ellos Texas y Tennessee, donde acaban de ganar dos de estas gobernadoras. En términos de salud materna, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos alertan que en 2023 la mortalidad materna fue de 50.3 muertes por cada 100 mil nacidos vivos entre las mujeres afrodescendientes, frente a 14.5 entre las blancas. Son datos que recuerdan que la desigualdad no se resuelve con un cargo, sino con las decisiones tomadas desde el escritorio.
Otros pendientes son menos visibles, pero igual de importantes: servicios de cuidado inaccesibles, que condicionan la autonomía económica; prevención de violencia sexual y de pareja, así como de violencia digital y el acoso enfrentado por las mujeres con actividad en vida pública.
Estos triunfos ocurren tras casi dos años de un gobierno federal empeñado en desmantelar las iniciativas de diversidad, equidad e inclusión, por eso su llegada concita reflexión y, ojalá, puntos de inflexión desde diversos sectores. Los logros importan porque cambian quién se sienta a decidir y quién puede imaginarse en ese lugar. Pero la verdadera medida de cuánto se puede celebrar llegará después, en las leyes reformadas, los presupuestos asignados y el bienestar palpable y medible directamente en la vida de las mujeres que no despachan en la oficina principal. El rostro del poder está cambiando; falta ver si también cambia la vida de quienes históricamente no lo han tenido.












