Las masivas campañas de las fuerzas del orden de Camboya para vaciar las calles del país de traficantes y drogadictos han llevado a la demolición física de muchos hogares en el interior de los cuales tenían lugar delitos relacionados con las drogas.
Principalmente se trataba de casas ubicadas en algunas de las muchas barriadas de la capital del país, Phnom Penh, lugares donde la distribución y el consumo de sustancias estupefacientes están más extendidos.
Se trata de una demostración de fuerza por parte de la policía, más decidida que nunca a frenar un fenómeno que involucra a un número creciente de jóvenes.
Trapaing Chhouk, en el distrito periférico de Sen Sok, es uno de los muchos barrios marginales de Phnom Penh. Lo forman un laberinto de pasarelas de madera temblorosas que unen unos 200 palafitos alzados sobre un pútrido lago.
Aquí viven unas mil personas. A menos que se quiera correr el riesgo de topar con todo tipo de basura, solo hay dos pequeñas vías de acceso para llegar a Trapaing Chhouk.
“Estas entradas y salidas -explica Sek Hengly, de 55 años, uno de los habitantes de este barrio marginal- permitían que los delincuentes controlasen fácilmente el flujo de personas”.
“Si existía la sospecha de que se pudiese presentar la policía, bastaba un silbido para que en cuestión de segundos la droga se escondiese», cuenta.
Lo primero que sorprende a los visitantes de Trapaing Chhouk es la enorme cantidad de pajas de plástico dispersas por todas partes en los varios espacios abiertos del gueto.
«En todas estas áreas vacías -continúa Sek- había casas hasta hace unos meses. Todas fueron derrumbadas por los policías porque o estaban habitadas por drogadictos o porque los camellos las utilizaban para traficar”.
Lo demuestran, señala, “todas estas pajas de plástico con las que se fuma metanfetamina. Se pone la paja en una botella de plástico llena de agua y se aspira la droga. Una especie de pipa”.
Indica que “debe de haber miles y miles de pajitas; con eso te puedes hacer una idea de la cantidad de droga que hubo aquí”.
En los países del Sudeste Asiático hay una gran cantidad de drogadictos. En los últimos años, además del fuerte retorno de la heroína, existe una proliferación preocupante de las metanfetaminas.
Ice y Crystal Meth en Camboya, Yaba en Tailandia y Shaboo en Filipinas son solo algunos de los nombres con los que se denomina en la región a un particular tipo de metanfetamina.
Se trata de un potente excitante que a menudo utilizan los trabajadores más humildes para prolongar el horario de trabajo y que, si se toma durante largos períodos de tiempo, puede provocar daños psiquiátricos irreversibles.
Su bajo costo -entre cinco y 10 dólares por dosis- ha contribuido a su éxito entre los sectores más pobres de la población.
«Sin drogas -cuenta Pol Sokheang, una mujer de 55 años que vende comida casera en la puerta de su cabaña- vivimos más tranquilos. Antes de la intervención policial aquí en Trapaing Chhouk reinaba el caos”.
“Había gritos, peleas y alboroto tanto de día como de noche. No podías ni dormir. A parte de esto, nosotros, la gente de bien, nunca tuvimos problemas con los drogadictos, nunca nos robaron en nuestra casa ni nos molestaron”, recuerda.
También afirma que “utilizaban a niños pequeños como vigilantes por si llegaba la policía. Nuestro mayor temor era que pudieran utilizar a nuestros muchachos o que los policías pudieran tomarlos por narcotraficantes”.
En los últimos años las fuerzas de seguridad de Camboya lanzaron importantes campañas antidrogas.
La demolición de las casas de Trapaing Chhouk forma parte de la última campaña, que comenzó en enero pasado y terminó en junio con el arresto de más de ocho mil presuntos narcotraficantes y drogadictos.
Se trata de unas cifras alarmantes si tenemos en cuenta que, según la policía, a lo largo de todo 2016 fueron encarceladas por delitos de drogas unas nueve mil 800 personas.
“Todavía tiemblo -dice Chea Phym, de 53 años, vecina de Pol- si recuerdo los días de la demolición. Utilizar excavadoras u otras máquinas era impensable, así que lo hicieron todo a mano, con picos y palas. Un ruido infernal”.
Relata que “detuvieron al menos a unos 70 chicos, casi todos menores de 30 años. Vivían aquí desde hacia un tiempo porque consideraban que Trapaing Chhouk era un lugar seguro”.












