México * Notimex. Son las cuatro de la madrugada y la Central de Abasto comienza a cobrar vida, el ruido ensordecedor de cortinas metálicas que suben anuncia que las bodegas abren y alerta la formación de diableros y cargadores para esperar que alguien solicite sus servicios.
En la fila aguarda Jorge, un niño de nueve años de edad, quien junto con su padre llegó a ganar lugar a las tres y media de la madrugada, con la esperanza de que en alguna de esas bodegas soliciten sus servicios como cargadores a cambio de unos pesos.
Entre la fila de aproximadamente 25 personas adultas, Jorgito y David son los únicos menores, quienes además de cargar costales de frutas y verduras, van por el refresco, la torta, el café o por el tamal. Chiquitos y veloces cumplen los mandados a cambio de una propina.
Son las cuatro y media de la madrugada y Jorgito ya cumplió poco más de la mitad de su cuota de costales, pese a que apenas lleva tres bultos por cada viaje en el diablito viejo con llantas torcidas.
Ese es el recorrido que Jorge hace todos los días, en el que va y viene infinidad de veces, las suficientes para ganarse los 60 pesos que entregará íntegros a su papá para comprar lo necesario y que coma la familia, incluidos su madre y sus cinco hermanos menores.
Cuando termina su jornada laboral, cerca de las siete de la mañana, Jorge corre a un cuarto pequeño y frío del mismo lugar. Rápidamente se pone el uniforme escolar para irse a estudiar, si es que el cansancio, el sueño y el hambre le permiten concentrarse.
Jorge, Pepe y David forman parte de los tres infantes de los casi 3.2 millones de niñas, niños y adolescentes que trabajan en México en situaciones de riesgo; al igual que José, de Oaxaca.
José, un jovencito de 15 años, cursa el segundo semestre de la preparatoria. Comenzó a trabajar desde los siete u ocho años de albañil y en el campo, sembrando maíz, cortando caña, aplicando herbicidas y fertilizantes.
José coincide en que los niños no deben trabajar sino estudiar y disfrutar de su infancia, debemos jugar y aprovechar el estudio para ser alguien en la vida, y no por ser menores de edad explotarnos, pero la necesidad va más allá del deseo.
En el Día Mundial contra el Trabajo Infantil al igual que Pepe, Jorge, David, Adriana, José, Yesenia y Beatriz, millones de niños están laborando en campos de jitomate o en cruceros, en bodegas como cargadores o limpiando casas; trabajo al final de cuentas, no juego ni estudio.











