Fuera de las críticas ya esgrimidas respecto de la participación de AMLO en la ONU —la falta de mención de asuntos internacionales relevantes y que el Consejo de Seguridad no es el espacio donde deben darse ese tipo de mensajes—; el discurso del presidente en el Consejo de Seguridad de la ONU tuvo algunos aciertos.
Es evidente que valores como la generosidad y la solidaridad humana brillan por su ausencia en esta época. No se idealiza el pasado, pero es penoso lo que se ve actualmente, por ejemplo, con la vacunación. Es inaceptable y vergonzoso que haya más de 240 millones de dosis sin utilizar —y a punto de caducar— concentradas en EU, Canadá, la Unión Europea y el Reino Unido, mientras otros países no han vacunado ni a 2% de su población.
Esto se explica, en parte, por lo que dice el presidente: que no se ha sabido someter a los poderes salvajes de las farmacéuticas ni diseñar un mecanismo mundial de distribución equitativo.
También su postura de que el poderío militar no brinda seguridad y que se debería transitar hacia un modelo de gobernanza mundial en donde los más aventajados —billonarios, corporaciones y países— tengan el deber de contribuir económicamente para sacar de la pobreza a millones que viven con menos de dos dólares diarios.
Lo que propuso el presidente es, básicamente, una reforma fiscal de escala global (al fin y al cabo, esa contribución que propone es un impuesto a la riqueza) que mitigaría la desigualdad rampante que nos rodea.
Cuando habló de poderío militar no se puede evitar pensar en la militarización que se está viviendo. Los militares cada vez tienen más poder en el país. Están en todas partes: construyen aeropuertos, siembran árboles, controlan aduanas y puertos, remueven sargazo de playas, persiguen migrantes, etcétera. Y lo más preocupante: se encargan de la seguridad pública, cuya naturaleza debería ser civil.
Luego habla de una gran reforma fiscal global y aquí en México dejó pasar el momento de mayor legitimidad política para hacer una reforma semejante: que lleve a los que tienen más a pagar más. Ese momento fue después de su triunfo en el 2018. Tenía el poder y el capital político para proponerla e impulsarla en el Congreso, pero no lo hizo porque prometió no aumentar impuestos.
Por último, existe en el discurso del presidente —no sólo en el de ayer— una confusión conceptual no menor. Atribuye todos los males del mundo a la corrupción. Pero si todo es corrupción, nada lo es.
No sólo se da en el ámbito público e implica la deslealtad a un sistema normativo que puede ser moral o jurídico, ya que incumplir con los deberes de cierto cargo no es necesariamente inmoral, por ejemplo: nadie se atrevería a calificar a Schindler de corrupto cuando sobornó a los jefes de los campos de concentración para salvar a no pocos judíos.
Todos estos son males que requieren solución, pero ni son causados únicamente por la corrupción, ni pueden ser calificados como actos corruptos en su totalidad.
Aquí el análisis, la distinción y los matices sí importan, porque el primer paso para solucionar un problema es nombrarlo correctamente. Y más en un discurso en el segundo órgano más importante de la ONU.












