Guillermina se sube al auto con sus dos hijas en el asiento de atrás. La pequeña se despoja inmediatamente del cubrebocas después de la jornada escolar y le comenta a su madre con alivio que también a la hora del recreo ya está permitido retirarlo.
Por el espejo retrovisor, la mujer observa a su hija mayor portando aún la mascarilla al interior del auto. La madre le pide a la adolescente de 13 años que se lo retire, pero ella le responde con un desganado “ahorita”, mientras come unos trozos de jícama introduciéndolos a su boca por debajo del cubrebocas.
Esta historia no es un caso aislado, después de dos años de pandemia, muchos adolescentes encontraron un escudo en el trozo de tela que les cubre el rostro y que para muchos pasó de ser una exigencia a una elección.
“La adolescencia es un cambio muy fuerte a nivel físico y emocional”, señala la doctora María Becerril, académica de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quien agrega que muchos niños vivieron estos cambios de reconocimiento corporal y emocional durante la pandemia.
El proceso se vivió de manera aislada para de pronto enfrentarse a sus iguales con transformaciones que no pudieron atestiguarse de manera gradual y que ellos también están asimilando de manera individual frente a la esfera social.
“Los chicos que se encuentren más inseguros con su imagen y los más introvertidos se encontrarán más a gusto usando el cubrebocas”, apunta la experta.
Identidad y escrutinio
En esta etapa donde los adolescentes se esfuerzan por entenderse a sí mismos, exploran su identidad e intentan saber cómo son frente al mundo que los rodea, también evalúan fuertemente sus atributos físicos en relación a los parámetros sociales dominantes en un trabajo de conformación de la autoestima y evaluación del yo.
Frente a esta dura evaluación de la imagen corporal, se encontraron con un aliado: el cubrebocas, un escudo para el escrutinio de los demás que incluso les puede conferir un atractivo particular.
Por otra parte, Becerril señala que más allá de la vanidad, otra de las razones para evitar despojarse del tapabocas también está asociada a un auténtico miedo de ser contagiado, pues a pesar de que las condiciones se han vuelto menos riesgosas, permanece un estado de shock post traumático en ciertos individuos.
Sin embargo, Becerril apunta que la adolescencia es un proceso de sociabilización que sirve para prepararse para la vida adulta y tarde o temprano nos tendremos que volver a acostumbrar a mirar el rostro completo de los demás.
Todos los códigos para interrelacionarnos con los demás se están aprendiendo bajo nuevas premisas.
“A nivel social esto es muy importante porque se trata de la preparación de los adolescentes para la vida adulta, para poder seleccionar grupos de compañeros, los que contribuirán en su crecimiento”, comentó.
La especialista apunta que no es fácil desaprender de un momento a otro esto para volver a convivir de manera social, por lo que antes de juzgar a los más jóvenes por su comportamiento y tomar decisiones por ellos, es importante entender por qué quieren seguir ocultándose y darles un acompañamiento asociado a lo que se encuentra como respuesta.
Se pueden encontrar diversos factores en el camino, desde la aparición de acné hasta cuadros de miedo o la ansiedad.
Escudo digital
También hay un escudo digital que se fortalece con la imagen que buscamos proyectar en las redes sociales, cuyo uso se intensificó durante el periodo de pandemia, pero Becerril comenta que es algo de lo que ya no podemos sustraernos, pues significaría limitar estas nuevas formas de comunicación.
Asegura que en esta conformación de la imagen en las redes sociales, en realidad asumimos que se trata de este deseo lúdico de transformación, pero cuando hay una alteración de la realidad es necesario trabajar en la autoestima para reconocer de qué nos ocultamos para que no se convierta en otro tema de salud.
En un estudio realizado por la Comunidad Europea sobre los efectos de la pandemia en los diversos grupos de jóvenes se descubrió que la misma región del cerebro correspondiente a las recompensas personales (el cuerpo estriado ventral) también se activa al ayudar a los demás.
Esto condujo a una nueva comprensión del cerebro adolescente como muy maduro para las oportunidades de aprendizaje social.
Brindar oportunidades para que los jóvenes ayuden a otros es vital para su desarrollo y les puede ayudar con los temores y el estigma de “la generación covid” que aún intentan ocultar tras una máscara.












