El hombre debería estar tirado, pero está de pie. Debería estar quejándose, pero sonríe y hasta bromea con los policías. Debería molestarse con el cafre que lo atropelló… pero lo perdona. Y hasta manda saludos al periódico que publicará su incidente. Es don Víctor. Es un hombre diferente.
Son las 07:50 horas. Aunque temprano, el sol ya quema. Y también deslumbra a quienes circulan de poniente a oriente, pues los rayos que caen oblicuos restan visibilidad.
Pero el chofer del colectivo 1413, placas 385129-B, no puede pretextar esto. Él va con su unidad de transporte público, de norte a sur en el bulevar Andrés Serra Rojas.
Luego, al llegar al crucero de la Diana Cazadora dobla a la derecha para seguir sobre el bulevar Ángel Albino Corzo.
Y no es por falta de visibilidad, sino por carencia de precaución, que el chafirete se pega mucho a la orilla y embiste a la bicicleta que circula adelante de él.
No es raro. Casi nadie respeta a los motociclistas y cilcistas en Tuxtla Gutiérrez. Los particulares se sienten con derecho a robarles la preferencia, los taxistas y colectiveros les arrebatan la salud y a veces hasta la vida.
Y esta vez el cafre del volante sin ningún miramiento arrolló a Víctor. El hombre, de aproximadamente 52 años de edad, gusta de hacer ejercicio matutino. Corre y luego usa su bicicleta para moverse en la ciudad y hacer sus mandados.
“Soy deportista”, resume ante los peritos de Tránsito Municipal que acuden para atender el accidente.
Su brazo izquierdo está lastimado y sangra, pero Víctor sonríe y bromea.
El colectivero ahora sí se muestra apenado, ante la presencia de los oficiales y de la prensa. “La regué”, reconoce. Es remordimiento, pero no arrepentimiento genuino. Es temor de cosechar lo que sembró.
Víctor pregunta para qué medio es la nota, y al enterarse envía saludos a este rotativo.
Es uno en un millón. No es como la mayoría. Los atropellados quedan tirados, se quejan y maldicen al agresor. Pero Víctor es diferente.












