Caso “El Rayo”, una verdad fragmentada

Caso “El Rayo”, una verdad fragmentada

“No, mi hijo es todo lo que dicen los vecinos, menos un depravado sexual”, aseguró la mujer.

“Se droga, es agresivo, pero nunca ha hecho lo que le achacan: violar perros. Es cariñoso y los recoge. A veces los maltrata. Pero no se vale que digan lo que no es”.

Dentro de la casa, en el patio y sobre la calle 5 de Febrero, se ve desordenado, abandono. Fiel reflejo de la vida que lleva Gilberto Trujillo Trujillo.

Una bobina por acá, un ventilador de radiador por allá, una parrilla de coche por acullá, salpican la casa. El número es 7, pero no luce visible.

Sobre la calle 5 de Febrero, entre las calles Carranza y Morelos, en la colonia Bienestar Social, pegado a un árbol de Laurel, luce el letrero que identifica el “negocio”. Dice: “Refacciones usadas El Rayo”.

Poco hay de cierto. Negocio a medias. Media verdad. Como la vida misma que lleva el dueño del referido negocio, Gilberto. Como la acusación de los vecinos dolidos por el maltrato verbal de que los hace objeto cada día “El Rayo”.

La noche del martes, Gilberto fue detenido por la Policía y llevado a la cárcel municipal “La Popular”.

Es que Adriana Torres, de la Asociación Protectora de animales Actúa, pidió el apoyo policíaco porque Gilberto “las agredió al llegar a rescatar a los animales de su casa”.

Según algunos vecinos y Adriana Torres, un perro estaba muerto ya y una perra con lesiones vaginales, presuntamente violados por Gilberto.

La detención de “El Rayo” fue por la “agresión” a las activistas, no por la presunta violación de los animales, lo cual no está legislado, salvo el maltrato animal.

Clara Trujillo Díaz, la mamá de Gilberto, vive al lado. Apoyada en un bastón de madera, con paso lento, se acercó a la casa para contestar al saludo del reportero.

Su mano izquierda está doblada: arrastra el pie derecho. Sufrió embolia. Su mano derecha tiene una tela adhesiva. “Fui a que me bajaran la presión, la tenía altísima”, dice la mujer de 79 años de edad.

Hace 58 años tuve a mi Gilberto, dice. “Era muy hermoso”. Suspira. Sus ojos a punto del llanto se cierran para evocar el pasado. Sentimientos encontrados al narrar los hechos.

Sus pequeños ojos se iluminan al decir que su muchacho era un “gran hombre”. “Trabajó en las presas de Chicoasén y de Peñitas. Era el encargado de arreglar los tráileres y camiones que allí trabajaban. Le fue muy bien.

“Aún tiene sus herramientas, por eso gusta de tener perros que cuiden su casa”, dice Clara.

Al regresar a Tuxtla, Gilberto puso su taller en la 2000 (9ª Sur y Calzada Caminera). También le fue bien. Pero comenzó a decaer. Allá (Chicoasén) agarró el vicio de la droga. Ese es un resumen de su pasado.

Y el presente, todos (vecinos) lo saben, a medias. Saben que Gilberto es agresivo. Insulta a todos, sin excepción. Los maldice, a veces. Todo le cae mal. En eso coinciden todos. Su mamá lo acepta.

“Sí, es terrible, por eso le apodan el rayo. A su hermano Orlando le pegó ayer en la cara, porque lo detuvieron y porque no le pasó agua. A mi otro hijo, el taxista, también le pegó en el pecho”.

-      ¿A usted le ha agredido? – le pregunto

-      No, jamás, a mí me respeta. Lo pongo en su lugar.

“No es tan malo como creen. Lo que pocos saben es que tiene un gran corazón. Por su carácter impulsivo nunca se casó. No hubo mujer que le aguantara. Vive soltero. Yo le llevo su comida. Pero es muy tierno. Encontró una perrita en el basurero y la trajo. Tuvo 12 perritos. Pobrecitos, lloraban. Él no los mantiene, no tiene con qué. Yo les daba a veces comida, pero sufrían”, cuenta y se conmueve.

Agrega: “Hace poco se enfermaron de parvovirus. Fueron muriendo uno a uno. Ese que dicen que hallaron violado, no es cierto, estaba enfermo de lo mismo. Mi hijo nunca sería capaz. A nadie le consta. No tienen pruebas. Lo acusaron molestos porque los ha insultado… no se vale”.

Y cierra fuerte sus ojos. Reprime el llanto. Porque se siente impotente de ayudar a su hijo hundido en la droga y la desesperación, ahora hundido en el descrédito por los vecinos y algunos medios.

“Ahorita no está mi hijo, se fue a reclamar a dónde se llevaron su perro. Lo va a pedir. Iba muy enojado. A ver si no lo detienen de nuevo”, explica.

La mujer eleva sus ojos al cielo y eleva una plegaria: “Mi Jesús lo cuide”, dice. Al lado de su casa, está la iglesia evangélica Peniel. Mi hijo no violó a los perros, si así fuera, merecido que pague, pero no lo hizo, yo lo conozco bien, enfatiza.

Clara se ve sincera. Dice que “ojalá no le entreguen el perro a Gilberto. Es que sufren aquí. Los quiere mucho, los abraza, pero no les da de comer y a veces los trata mal, cuando se enoja. Y si se enferman, pues peor”.

El mote del “Rayo” le sienta bien a Gilberto. Truena y hace daño, a veces. Es un rayo caído a menos vertiginosamente a causa de las drogas. Pero sufre en silencio… incluso llora su desventura. Y se refugia con más ahínco en la droga. Lo saben los vecinos, lo confirma su madre, pero la otra verdad, pocos la saben. Nadie sabe del drama real que vive entre las cuatro paredes de la galera donde sobrevive.

Por eso quizá es que el reportero gráfico, Ariel Silva, tomó una foto a “El Rayo” con una perrita en sus brazos, la subió al Facebook y escribió: “El Rayo, la fragilidad de la verdad y una manada fragmentada”.