El joven, aunque lesionado, sonríe. Sus hermanos en cambio, mientras le vendan el brazo dislocado, lanzan miradas cargadas de odio y maldicen la imprudencia del colectivero. Este, apenado, por momentos acepta su error pero luego envalentonado cambia su actitud. Y la guerra se libra entre familiares de los protagonistas.
“Já, como si no supiéramos lo estúpidos que son, manejan como locos”, suelta uno de los hermanos. Uno sostiene el brazo y el otro aplica un vendaje a la muñeca dislocada del hermano mayor.
El colectivero mira apenado. Calla. Pero su hermana contesta la agresión verbal: “los motociclistas no son hermanas de la caridad. Son estúpidos también. Se meten a lo loco. Y ¿qué, tu hermano no tiene ojos para ver que el colectivo llevaba direccional encendido?”.
Las flechas verbales surcan el aire buscando herir al oponente.
El chafirete se agacha, y respalda a su hermana. “Sí, saqué mi brazo”.
“Ah burro, ahora sólo porque saques la mano debo pararme”, responde el motociclista lesionado.
El colectivo tipo Urvan con número económico 4416, placas 384802-B, circulaba de norte a sur, sobre la calzada a Cerro Hueco.
Al llegar a la avenida Canarios de la colonia Los Pájaros, el chafirete se orilló. Solo él y Dios sabían que daría vuelta. Atrás iba la motocicleta Italika de color blanco, placas N09NU. Conducía un joven.
Al ver el transporte público orillado y detenido, el motociclista rebasó por izquierda. Y el indeciso chofer hizo corte de circulación.
La misma indecisión mostró luego. Por ratos aceptaba su culpa y pedía negociar con el agraviado. Luego, con la llegada de su hermano y su patrón, se dijo inocente.
Y la guerra fría se desencadenó. Y los daños emocionales fueron mayores a los materiales. Los segundos fueron pagados. Los primeros no.












