Para él esto es casi un juego cotidiano, un mal necesario. Para los pasajeros, casi un suicidio. El chofer sonríe, disfruta y celebra la carrera pasajera que protagoniza. Los pasajeros, se agarran fuerte y se encomiendan a los santos conocidos y por conocer. Nadie le dice nada. No tiene caso. No cambian. Ya es su naturaleza.
El colectivo tipo Urvan con número económico 6009, se detiene para levantar al pasajero que le hace la parada en la calzada a Cerro Hueco y avenida Palmar.
Luego avanza despacio y se detiene por el semáforo en rojo, sobre el Libramiento Sur de Tuxtla Gutiérrez.
Y cuando el semáforo cambia a verde, repentinamente aparece por detrás el colectivo 6001. Y rebasa al 6009
Y comienza la carrera enloquecida.
El carril de oriente a poniente del Libramiento Sur se convierte en un autódromo. Rugen los motores de ambas unidades.
Los pasajeros que esperan a estas unidades en vano levantan la mano. No se detienen a levantarlos. Hay una competencia personal. Ya es asunto de orgullo.
Uno quiere mostrar porque tiene el número uno, y el otro no se deja.
Uno, el 6009, va atrasado. Hizo tiempo (marrulla les dicen) para “peinar” el pasaje al 6001 que iba atrás.
Luego, no se quiso dejar rebasar.
“Bestia, no se da cuenta que trae niños”, dice una mujer con un tono de voz que no percibe el colectivero.
“¿Y el checador pues? Pregunta otra mujer. “No hay, por eso es un desastre”, contesta otra.
Y cada madre abraza fuerte a su niño con una mano, y con la otra se sujeta al tubo del colectivo.
Al llegar a la calzada Samuel León Brindis, los dos toman distintos carriles, uno rebasa por derecha, el otro por en medio.
Esa maniobra le permite a la 6001 adelantarse. Ya resignado, el de la 6009 baja la velocidad y levanta a los pasajeros que el otro dejó esperando.
Las mujeres bajan una a una. Una hace tiempo deliberado. Finge que se le atoró su bolsa y se demora adrede. ¡Qué se espere”, dice en su afán de castigar al cafre del volante.
Esta escena es el pan de cada día con los más de dos mil 500 colectivos que circulan en la capital chiapaneca.
Los checadores y los pocos agentes de vialidad no pueden poner orden. Y cuando lo intentan, una “mordida” lo soluciona todo.












