No llora, pero ganas no le faltan. Le duele el abdomen, donde lo patearon. Le quema el alma por la rabia contenida.
Volvía de Cancún, con el ahorro de seis meses para su familia. Lo asaltaron. Ayer buscaba un poco de dinero para volver a casa, en Frontera Comalapa.
“Ándale amigo, échame la mano, será una obra de caridad lo que harás”, ruega el hombre, al punto del llanto.
Sostiene entre sus manos un par de botas negras, militares. Las vende.
”Dame lo que sea, por favor. Necesito regresar a mi casa. Ya caminé bastante buscando quién me las compre. Estoy cansado, hambriento. Ya no puedo más”.
Él es Rubén Morales. Tiene 54 años de edad. Un chiapaneco que emigró a Quintana Roo para trabajar, ahorrar y sostener a su familia.
Cargando su maleta pequeña negra, con tres mudas de ropa y una gran expectativa de vida, se embarcó hace seis meses en la terminal de Frontera Comalapa.
Sus hijos y su esposa derramaron lágrimas por la separación necesaria. Él se aguantó las ganas.
Y ahora se vuelve aguantar. Es que de niño sus padres le enseñaron que “los hombres no lloran”.
Pero Rubén está a punto de violar el mandato paterno. “Ya no puedo más”, dice.
Rubén llegó a Tuxtla la tarde noche del miércoles, procedente de Cancún, donde laboró como peón de albañil.
“Junté un dinerito, algo así como siete mil pesos”, explica. Eso, una mochila roja grande y el par de botas militares que le regaló un soldado, es lo que traía.
Llegó a la terminal de corto recorrido, en la 10 Sur y 13 Oriente de Tuxtla Gutiérrez. Allí tomaría la unidad que lo llevaría a casa.
De repente quiso ir al baño, pero no tenía sencillo. No le cambiaron su billete y tampoco deseaba desajustar el dinero de la familia.
Así que buscó un lugar oscuro. Y se fue a la privada de la 10 Sur, por 15 Oriente. Fue para su mal. Allí fue sorprendido por dos hombres.
“Me patearon en la costilla. Me robaron todo el dinero. Solo me quedó la ropa de mi mochila y este par de zapatos”, explica.
Rubén fue atendido por paramédicos de Protección Civi Municipal. No fue trasladado. No tiene familiares, ni seguro, ni dinero.
Recorrió las calles de Tuxtla buscando quién le comprara las botas militares usadas, para pagar su pasaje. Y no lo halló. Cansado, hambriento, a punto del llanto, se detuvo con ganas de llorar. “Ya no puedo más”, dijo.












