Del encierro al entierro

Del encierro al entierro

Vivieron un infierno por unos minutos. Les espera una gloria eterna. Los niños que vivían un encierro cotidiano, entre cuatro paredes, sin ventilación, ya están libres de opresión. Las veladoras aún arden, rodeadas de flores blancas. La mamá y abuela, deambulan por allí. El foco rojo se encendió. En la misma zona hay otros casos similares que la autoridad debe atender a tiempo.

Dos policías resguardan la casa marcada con el número 1724, sobre la 16 Sur y 14 Oriente, justo entre las colonias Maldonado y California, en Tuxtla Gutiérrez.

Nadie puede entrar ni salir. Se investiga la muerte de cuatro niños. “Está muy raro”, dicen los elementos municipales mientras dan un sorbo al café que una vecina les llevó.

Un pasillo de unos 10 metros, lleva al cuarto ubicado en el segundo nivel, todo cerrado, sin ventanas. La única puerta, totalmente sellada, permaneció mucho tiempo con llave, apresando a los infantes que casi nunca jugaban en la calle, como niños normales.

“Así los mantenía, solo encerrados. Los más grandecitos iban a la escuela y el kínder. Solo salían cuando el padrastro venía y los llevaba a la tienda a comprar algo”, dice una vecina.

Dos cirios y 21 veladoras arden aún, rodeadas de pocas flores bajo una galera en la casa aledaña donde ocurrió la tragedia la tarde del lunes. Un cilindro de gas, innecesario en el lugar, recuerda a todos la horrible muerte por intoxicación y quemaduras que provocó en los cuatro niños la fuga de gas.

Un niño sale. Son las 7:00 de la mañana. Al ser abordado por este comunicador su padre lo reprende. “¡Cierra la puerta y la ventana!”, le dice.

La carpa armada sobre la 16 Sur, rodeada de montículos de tierra, revive en la mente de los vecinos el entierro de los pequeños en el panteón Jardín Edén.

“Mas nosotros llorábamos desesperados. La ingrata mujer qué corazón tendrá que no lloró. Si hasta un animal que muere da sentimiento, ahora cuatro niños…”, dice una señora indignada.

Miriam Martínez, de 41 años, trabaja en un antro denominado “Capricornio”, indican las vecinas. Se iba todas las tardes. Y dejaba encerrados bajo llave a los pequeños.

El mayor, Ángel Gabriel, de ocho años, era quien cuidaba de los más pequeños. Hacía honor a su nombre. Era el ángel guardián. Carolina (5 años), Joselín Janet (2 años) eran sus hermanitos. Justin, de 5 años, era el sobrino de todos.

La mamá de Justin, también trabaja en otro antro, dicen. Ella se fue con un hombre y dejó a su hijo con su abuelita.

“No, no lo quería al pobre niño. Lo regañaba mucho. Su tío, el más grandecito, contaba cuando venía a la tienda, que su hermana le deseaba la muerte a Justin. Los niños dicen la verdad. La mujer llegaba de vez en cuando, solo para maltratar a la criatura. Dice el niño que le decía ‘cómo no te mueres para que dejes de estar causando problemas… y se murió”.

“Ahora ya están “solteritas”, pa’ que se sigan llenando de más hijos”, comenta otra mujer mientras compra algunas cosas en la tienda cercana.

Alguien aprovechó la ocasión y organizó una colecta casa por casa, en la colonia Maldonado, presuntamente a beneficio de la madre y abuela.

Algunos apoyaron, otros se indignaron. “¡Ah burro! Ayudarla es como premiarla. Detenida debería estar. No que ya la soltaron, solo fue a declarar”, comentó otra mujer.

La alerta se enciende, cuando una de ellas dice que no es la primera vez que esto ocurre. “Por acá vivió en otra vecindad una mujer que cómo maltrataba a su hijo. Todo el día el pobre gritaba, lo encerraba. La mujer también trabajaba en una cantina”.

Los vecinos llamaron al 066 esa vez. La policía solo reconvenía a la mujer, pero el DIF nunca intervino. La mujer se mudó a otro lado, por temor a las denuncias de los colonos.

Ahora, señalan otros casos cercanos, sobre la 14 Sur y 15 Oriente. Son focos rojos que deben ser atenidos por la autoridad competente.