Por las calles del barrio Las Flores, en la ciudad de Tonalá, aún se siente el olor a ceniza. Aún se escucha, en murmullos, la tragedia que consumió el hogar de una familia.
Era sábado por la noche cuando las llamas se desataron y, en cuestión de minutos, todo lo que construyeron durante años desapareció.
Eran cerca de las 21:00 horas cuando una densa columna de humo empezó a salir de la casa ubicada en prolongación Guerrero, entre Belisario Domínguez e Iturbide. La oscuridad fue rota por el resplandor anaranjado de las llamas, mientras vecinos corrían, gritaban, llamaban a emergencias.
Dentro, la familia apenas tuvo tiempo de reaccionar. Salieron con lo puesto, sin maletas, sin recuerdos, sin sus cosas. Lo salvaron todo… menos su vivienda.
Los primeros en llegar fueron elementos de Protección Civil (PC) y del Club Estatal de Rescate, Vialidad y Auxilio (Cerva). Armados con mangueras, palas y la urgencia del deber, lucharon contra el fuego que no daba tregua.
Por horas combatieron el incendio, evitando que las voraces llamas se extendieran a las casas vecinas.
Cuando finalmente lograron apagarlas, lo que quedó fue el silencio… y la devastación. Dentro, casi nada se pudo rescatar. Muebles calcinados, electrodomésticos fundidos, paredes ennegrecidas. El fuego se llevó más que objetos: se llevó años de esfuerzo, recuerdos familiares, estabilidad.
“No quedó nada”, dijo uno de los voluntarios, sacudiéndose el hollín de las manos. “Hasta los papeles importantes se hicieron cenizas”.
Las autoridades aún investigan qué provocó el incendio. Pero para esta familia, poco importa ya el origen: la herida está hecha.
Hoy, enfrentan la difícil tarea de comenzar de nuevo, desde cero, con la esperanza de que la solidaridad de sus vecinos -y de todos- les dé un nuevo respiro.
Porque cuando se pierde todo, hasta un cobertor o una sonrisa puede significar el principio de la reconstrucción.












