Golpeado y robado por indigentes

Golpeado y robado por indigentes

Ya es un adulto mayor. Dijo que no se había dado cuenta porque casi nunca se ve al espejo. Pero se siente joven. Al menos cuando de pelear se trata. Ayer quiso oponerse a un robo durante una riña callejera y a golpes lo ubicaron en su dura realidad. Ya tiene 60 años.

Octavio Pérez Hernández no sintió el paso de los años. El peso, sí.

El paso no, porque nunca le han celebrado un cumpleaños. No tiene un calendario. No celebra Navidad ni Año Nuevo. No trabaja. Todos los días son iguales para él.

Los días buenos son cuando tiene para comprarse una botella de aguardiente. Los malos, cuando no le dan nada y debe soportar el temblor de su cuerpo que le pide la droga.

El peso de los años sí que lo ha sentido. Ya no tiene el paso ágil de su juventud. Su mirada es borrosa. Su piel ya marchita por el sol. Y su mente ha perdido claridad. Un poco por la edad, pero más por el estilo de vida desordenado.

Ayer caminaba sobre la calle Pino Suárez, entre la 9ª Sur y avenida del Rosario, en la colonia Santa Ana.

Se detuvo a un lado del restaurante El oaxaqueño. Tenía hambre y se ilusionó con la idea de que algún comensal se compadeciera de él y le invitara un taco.

Aprovechó para descansar un poco. Sus pies estaban hinchados por la caminata de varias horas. Ya no goza de buena circulación en la sangre por la ingesta de alcohol.

Mientras esperaba, vio a un lado una tiendita de abarrotes. Se lamió los labios esperando que allí vendieran aguardiente. Y sacó sus monedas de su bolsillo, para contar el dinero.

Dos indigentes, que al parecer tuvieron mal día y no les dieron para su trago, al observar a Octavio que contaba su dinero, codiciaron las monedas y se fueron contra él.

Le arrebataron el efectivo. Octavio reaccionó como una leona a la que le arrebatan sus cachorros.

Y se puso a pelear contra los ladrones, al parecer viejos conocidos suyos. Pero la superioridad numérica, la juventud de sus opositores y el estado sobrio en que estaban, terminaron por sobreponerse.

Octavio cayó de bruces, y se golpeó la cabeza en la guarnición. Los agresores huyeron. Un peatón llamó al 066. Llegaron policías y paramédicos.

Los primeros pidieron datos para buscar a los agresores. Los segundos le vendaron la cabeza.

¿Nombre? - preguntaron al lesionado, que guardó silencio.

¿Edad? - Más silencio.

¿Domicilio? - Donde me agarre la noche - Y Octavio soltó la carcajada. Pues su casa es muy grande. No tiene paredes, el cielo es su techo. Y todo es cama a la hora que quiera.