“Me arde el estómago”, dice en voz apenas audible la jovencita tirada sobre el colchón. “Es normal”, responde el paramédico. Claro, ingirió más de medio litro de tinta con thiner. Quería morir. Apagar así el fuego de la depresión que le quemaba el alma.
La ambulancia demora en llegar. Los policías estatales llegaron a los pocos minutos del pedido de auxilio. Pero ellos nada pueden hacer más que apresurar, con su radio, el servicio de los paramédicos.
El vigilante de la colonia recorre leal cada calle de la colonia San Francisco. En las paredes dice: “Casa vigilada”. Y no es letra muerta. El policía de proximidad cumple a cabalidad.
El ya sabe lo que ocurrió. Mira las patrullas, mira a las mujeres que dialogan con los oficiales, luego mira la botella vacía, sobre la calle, enfrente de la casa. Y exclama: pobre muchacha. Ojalá no muera. Todo tiene remedio en esta vida. Es una tontería suicidarse… Y esta ambulancia que no se apura”.
El pasto sobre el cual cayó parte del solvente que quedó en la botella, se quemó. Casi medio litro fue ingerido por Miriam Velázquez, de 17 años. Y por eso es “natural” que le queme el estómago. Le dieron a beber leche, pero eso no ayudó.
Lo que no es natural es que a sus 17 años, haya decidido huir de la realidad, de la vida y buscar la muerte.
“Se va y se viene, no vive aquí. Le he dicho a mi hijo que le rente un cuartito”, dice la mujer de ojos de miel, con una cicatriz en la mejilla izquierda. Es la suegra de Miriam.
Dice que la joven no tuvo motivos de peso para intentar suicidarse. “No discutió conmigo ni con mi hijo”, explica.
Y agrega que ella se congrega en la iglesia Pentecostés. “Gracias a Dios nosotros tenemos paz, pero muchos no la tienen y buscan el suicidio como solución”, señala. Y los policías se miran entre sí.
El envase sigue tirado. Miriam, también. Y la ambulancia se demora. Más de 30 minutos de espera interminable. “Parece que están cuidando su gasolina”, opina un vecino.
Y por fin aparece sobre la 21 Sur y 2ª Oriente, la ambulancia de Protección Civil Municipal.
Los paramédicos ingresan a la casa. Sobre el colchón mullido, yace Miriam. El cuarto es reducido, con paredes de ladrillo, en obra negra. en un extremo se lee “CRISTO” con pintura de aerosol rojo.
Ni siquiera ese nombre fue capaz de animar a Miriam, no la hizo desistir de su intento. Quizá ni siquiera lo vio. Cada quien elige si ve y vive o si ignora y muere. Como ocurrió en el desierto con los israelitas al ser mordidos por las serpientes venenosas. Los que vieron a la serpiente de bronce vivieron. Los que ignoraron, murieron.












