Entró a una cantina para tratar de olvidar a la mujer que lo dejó, pero salió más vacío que nunca y más descalabrado que siempre.
Mientras niños y adultos pedían su “calabacita”, el hombre quedó tirado en la calle, con la cabeza rota. Lo golpearon por no tener para pagar.
“Calabacita tía”, se oía por doquier en las calles de la colonia Santa María La Ribera de Tuxtla Gutiérrez. Niños con máscaras y atuendos de monstruos, acompañados de sus padres, tocaban las puertas y sonaban sus latas con arena y piedra.
Un grupo cruzó la calle Pensil, y avanzó sobre la avenida 16 de Septiembre. Y se detuvo al ver la ambulancia de Protección Civil Municipal, con la torreta encendida.
Sobre el pavimento de concreto, yacía un hombre de espaldas. Pantalón negro, camisa blanca y cráneo roto. Interrogado por los paramédicos musitó su nombre, con voz entrecortada: Humberto Liévano Oliva, de 57 años.
Oriundo de Villa Corzo, vino a Tuxtla para tratar de romper las cadenas del desamor que lo atan al doloroso pasado reciente, cuando una mujer le robó el corazón y la paz, al marcharse.
Y como el peregrino en el árido desierto, Humberto ha buscado -desde entonces- una fuente de agua donde saciar su sed existencial. Y al no hallarla, se refugia en el alcohol, espejismo.
Y anoche no fue la excepción. Entró a la cantina “Chuti I”, sobre la avenida 16 de Septiembre, entre el Pensil y la calle Tabasco.
Entró con dinero y con ilusiones. Salió con los bolsillos vacíos, su mente confusa, su corazón roto y su cráneo, también.
Al parecer lo golpearon con un objeto, al no tener para pagar lo consumido.
Adentro del antro referido sonaba la rockola: Si no te hubieras ido sería tan feliz, en la voz de Marco Antonio Solís “El Buki”. y Luego Es cierto, no hay amor infiel, cuando se ama de verdad. Cómo me haces falta.
Afuera, las voces infantiles seguieron pidiendo calabacita. Policías y paramédicos enfrentaron un dilema. Humberto estaba muy ebrio, lastimado, y sin familiar que respondiera por él. Así que lo vendaron y se quedó en el mismo lugar.
Humberto oyó una canción más: No existe fórmula, para olvidarte… tomó su reja de madera con una vara de caña, tomates y papas. Era su “calabacita” que le dieron.












