Los asesinos tomaron la atribución de Dios arrebatándole la vida. Algunas personas jugaron a ser dioses, emitiendo juicios apresurados y críticas mordaces, sobre la razón del crimen. Ambos provocaron un dolor inenarrable, solo entendible por quienes han vivido este trance.
El ataúd de madera fue colocado en medio del templo, frente al barandal, el púlpito y las sillas de madera que él hizo.
Allí pasó su infancia. En su juventud, sus manos hábiles dieron forma a la madera, engalanando el altar del Señor.
Ahora, ya inerte, llegó por última vez a ese lugar que lo vio nacer, crecer, enamorarse, casarse y convertirse en padre.
Llorado por familiares, amigos y paisanos, Nelson fue despedido con cantos y oraciones. Es un hasta luego.
El pequeño Dylan de apenas 11 meses de edad, aún no camina, no habla y tampoco entiende lo que pasa. Pero llora al igual que muchos. Es que ya pasaron muchas horas y su padre no llega.
Nelson no llega para abrazar, besar y bailar con Dylan, como lo hacía cada día. Nelson era la adoración de Dylan. Dylan era la adoración de Nelson. Y ahora queda el vacío.
Manos criminales, ávidas de sangre, se tomaron la atribución divina y segaron una vida. Cortaron de tajo sueños, planes, anhelos. Es probable que confundieron a Nelson. El no tenía enemigos, dice la familia.
Nelson había terminado una carrera e iniciaba una maestría. El ejemplar padre había labrado, con mucho esfuerzo, un mejor porvenir para sus hijos. Cada día se levantaba a las 4:00 de la mañana y se acostaba a las 00:00 horas.
Para ahorrarse la mano de obra, era el maquinista, repartidor y cobrador de la tortillería que con mucho sacrificio e ilusión estableció en la colonia Real del Bosque (Tuxtla Gutiérrez).
Ofrecía un producto higiénico, de calidad y un trato personalizado, cálido, a sus clientes. Ellos lo confirman.
Sobre la grada de su casa, quedaron los montoncitos de monedas que Nelson cambiaría ese día en la tiendita de su esposa, quien llora inconsolable, recordando el arduo trabajo de su esposo.
Pero las personas son temerarias, atrevidas, y juegan a ser dioses, emitiendo juicios apresurados y críticas mordaces que laceran aún más el ya de por sí desgarrado corazón de la familia.
Y ese día, en las redes sociales, vertieron su venenosa opinión, asegurando conocer la causa del crimen.
Todos dijeron no haber visto nada. La cámara de vigilancia aledaña, no grabó nada. La noche anterior fue volteada por la lluvia. Así que es difícil tener pistas de los asesinos.
Nelson solo alcanzó a decir “los del taxi”. Un medio electrónico irresponsable dijo que Nelson fue asesinado frente a su esposa e hijos. Falso. Los asesinos saben que no hubo testigos.
La familia no busca castigo para ellos. El bálsamo del perdón ya está en el corazón abierto, dolido, ensangrentado de los deudos.
“¿Qué haremos ahora?” se preguntan la viuda y los huérfanos. La columna del hogar se ha desmoronado. El brazo fuerte ya no está.
Y el dolor se acrecienta con cada llanto del pequeño Dylan que busca a su padre.
“Ingratos que son, no se pusieron a pensar en el tremendo daño que harían”, dice la viuda llorosa.
La tierra cubre el ya inerte cuerpo de Nelson. Descansa en espera de su recompensa. Porque sus obras con él están, aún.
Aún están el púlpito, las sillas y el barandal de madera que hizo en el templo de su pueblo natal. Aún está vivo en el recuerdo de sus seres amados.












