Se despidió de su esposa con un efusivo abrazo. Arrancó el microbús y enfiló sobre la 4ª avenida Sur de la colonia Copoya de Tuxtla Gutiérrez. Se detuvo un momento en la 1ª Poniente, miró hacia el Cristo monumental, estacionó su unidad. Apagó el motor. Se sentó sobre el asiento número seis. Y allí miró por última vez la luz de este mundo.
El llanto de la viuda es desgarrador. No estaba preparada para ese momento. Nunca nadie lo estará.
Yulibet González despidió la madrugada de ayer a su esposo Edi Alberto Aguilar Nucamendi. Éste rondaba los 56 años de edad, pero le calculaban 65. Sufría diabetes.
Su cuerpo delgado, era tan solo un pálido reflejo de su adelgazada salud emocional, a punto de quebrarse.
“No tenía enfermedad grave, ni problema económico severo. No que yo sepa. Normal, como a todos nos pasa”, dice uno de los vecinos sorprendido al enterarse del incidente.
A Edi no le faltaba amor. Tenía una esposa amorosa y atenta.
“Era muy amable. Me dio aventón varias veces a la salida”, comenta otro hombre. Otros presentes coinciden con él. También los ayudaba a ir a la salida de Copoya sin cobrarles un peso.
“Lo vi anoche, en la farmacia de Copoya”, dice un tercero. Compró alguna medicina. Pero la que en realidad le hacía falta nadie se la pudo dar. Lo agobiaba una pesada depresión.
Yulibet sigue llorando dentro de la cabina de una camioneta Ranger, negra. Frente a sus ojos está el Cristo monumental, con los brazos extendidos. Yulibet necesita un abrazo. Y es una mujer quien se lo da.
Le coloca alcohol en la frente y en el cuello. Yulibet se calma un momento. Suspira. “Creí que ya andaba trabajando. Y me vienen a decir esto”, musita con palabras entrecortadas.
Fue al filo de las 8:00 de la mañana de ayer, cuando se pidió el apoyo del 911.
El microbús marca Mercedes Benz tipo Sprinter con número económico 1014 y placas 7ASS62, permaneció estacionado desde las 6:00. “Lo vimos normal, pensamos que estaba descompuesto. Y como el sereno oscureció el cristal no habíamos visto bien.
Fue hasta que salió el sol que vimos al hombre colgado y llamamos al 911”, cuenta un peón de albañil que trabajaba en una obra de enfrente.
Colonos y vecinos acudieron al lugar. La patrulla PCC-122 de la Policía Municipal acudió también.
Al no tener los oficiales cinta plástica para acordonar el área, fue un rescatista que llevó un rollo. Llegaron otros elementos de Protección Civil, pero sin uniformes. Estaban francos.
Y se armó la reyerta. El policía celoso de su deber, se extralimitó y corrió casi a empujones a los que lo ayudaron. “Van a contaminar el ambiente”, les dijo. Y quiso golpear a uno.
La gente se enardeció. Y para no lincharlos, les pidieron que se fueran. Al ver el asunto serio, los policías huyeron. Y pidieron refuerzos.
Edi, ajeno a lo que ocurría a su alrededor, permaneció sentado en el asiento número siete del microbús que condujo durante varios años de Tuxtla a Villaflores y viceversa. Su brazo derecho estaba sobre el respaldo de la silla número 8. De su delgado cuello pendía una soga atada al pasamanos metálico. Se dejó caer, rendido.
La cortina roja estaba abierta. Edi, seguramente, la corrió para ver por última vez la luz de este mundo o para que por ese espacio pudiera ser descubierto, tal como ocurrió.
El Cristo siguió con los brazos abiertos. Yulibet siguió llorando. Y los vecinos esperan que ya no siga la ola de muertes por la zona. Hace poco, “tío Rufino se colgó con el lazo de su hamaca. Quedó hincado como pidiendo perdón”, dicen los vecinos y se van.












