Le robaron su dinero, sus joyas y aparatos electrónicos mientras estaba fuera de casa.
Nunca perdió la cordura ni la sonrisa. Es un hombre temple, carácter fuerte, hecho en el yunque del trabajo arduo, día a día, en el campo de la colonia Copoya de Tuxtla Gutiérrez.
Se cubre del sol con un sombrero de ala ancha, pero éste no es lo suficientemente grande para taparle la visión. Tampoco es capaz de ocultar su sonrisa que esboza de vez en vez al charlar con los policías.
Fuimos a la iglesia
Apoyado en la caseta de teléfono público, en la esquina de 11ª Sur y 2ª Oriente de Tuxtla Gutiérrez, Dagoberto González Murias, de 58 años, narró lo ocurrido en la mañana.
Salimos con mi esposa, a la iglesia. Al regresar, la casa estaba abierta. Revisamos y nos habían robado dinero, joyas y aparatos electrónicos. El botín asciende a unos 70 mil pesos, dijo.
Los policías se miraron entre sí. La patrulla 3040 de la Policía Municipal estaba detenida, así como una motopatrulla. El chofer esperó, mientras los tres elementos dialogaron con el agraviado.
“¡Allí está! ¡Agárrenlo! ¡Él estaba afuera de mi casa!”, dijo señalando al otro lado de la calle, a un hombre que viste pantalón negro y camisa amarilla.
Los policías se desconcertaron. Se miraron entre sí nuevamente y uno de ellos fue con el sindicado.
Luego volvió. “Dice que no sabe nada de robo alguno”, comentó.
Dagoberto sonrió. Le preguntaron si es el ladrón o solo un sospechoso. “Es sospechoso”, respondió.
Los policías contestaron que no lo podían detener, porque no hay flagrancia. Y Dagoberto volvió a sonreír.
Los policías decidieron marcharse, pero antes le dieron instrucciones al agraviado, para que presente su querella formal.
Dagoberto tomó el teléfono público y llamó a casa. “No, no lo quieren detener. Aquí estoy, lo estoy mirando, me mira y se ríe, pero no hay flagrancia. Me dicen que debo demandar en la PGJE. A ver qué hago”.
Colgó el teléfono y ahora es él quien se acercó con el sospechoso. “Te vas ir conmigo. Si no debes, no debes temer. Vámonos pa’ Coposa”; le dijo en tono enérgico al sospechoso, pero dejado libre.
Dagoberto aseguraba que éste es uno de los principales sospechosos. “Vive (el sospechoso) al pie del Cristo de Copoya, pero es un desalmado. Una fichita. No tiene freno moral. Al verlo cerca de mi casa, luego del robo, fui a casa de su mamá para preguntar por él y me dijo que su hijo andaba en Tapachula. Mintió. Eso lo hace más sospechoso.
“Un sobrino me dijo que lo vio tomando en una cantina de aquí en Tuxtla, vine y sí lo hallé, por eso es que pedía ayuda a la policía, pero no sirvió de nada”.
Y ahora el hombre luchará por obtener justicia en otra vía, pero no perdió la calma. No agredió, no insultó, no maldijo, ni reprochó. Y tampoco dejó de sonreír. Le robaron su dinero, sus joyas y aparatos electrónicos, nunca perdió la cordura.












