Han pasado dos días ya, sin embargo, aún duele. Todavía despierta indignación justificada entre los cibernautas la imagen. Dos hombres frente a frente. Ambos de unos 50 años. Uno, un taxista prepotente que tapó con su taxi la rampa para discapacitados. El otro, un minusválido en la silla de ruedas.
La edad es la misma, sin embargo, hay un abismo de diferencia entre ambos hombres.
Uno mira altanero, manotea y grita. El otro, agacha la cabeza, humilde y perdonador.
El taxista, cuyo nombre es innombrable como su acción misma, inconscientemente dejó su taxi marca Hunday tipo Atos, con número económico 2982 y placas 9528-BHD.
La unidad de transporte se quedó sobre la 9ª Poniente entre 1ª avenida Norte y avenida Central, en el Parque de la Marimba de Tuxtla Gutiérrez.
El chafirete al parecer fue a un mandado o quizá al baño aledaño, pero se demoró más de 20 minutos.
El problema es que dejó su taxi obstruyendo la rampa para discapacitados.
Un hombre llegó en su silla de ruedas y no pudo accesar al parque. Esperó allí. Y cuando el taxista llegó, con mirada retadora y en tono prepotente agredió verbalmente al hombre que sólo exigía su derecho de libre circulación.
La imagen fue grabada. Y ni así el taxista cambió su actitud. Retador subió a su taxi y se marchó.
La flagrante violación al Reglamento de Tránsito Municipal quedó impune. Y la ofensa al discapacitado, también. Pero el taxista se fue envenenado con odio en su alma. El minusválido bebió el agua refrescante del perdón.
El taxista aprendió del volante, el estrés y manejo ofensivo. El discapacitado aprendió en su silla de ruedas, la paciencia y la humildad.












