No hubo un minuto de silencio, tampoco de aplausos para darle el último adiós. En cambio, los motores y escapes de las motos rugieron. Decenas de repartidores de tortillas, familiares y amigos, inhumaron al joven motociclista fallecido a causa de un impactante accidente. Su esposa, grave, lucha por su vida.
El féretro de color azul y blanco, de los más económicos, fue colocado sobre la base, en la tumba del panteón de Terán.
Durante la noche anterior, el cuerpo sin vida de Moisés López Zenteno (20 años) fue velado en la Iglesia Adventista de su colonia. Sus padres y él asistían a dicho templo.
La dueña de la vecindad donde rentan, en la calle Santo Domingo, a unas cuadras de Protección Civil, les negó el derecho de velarlo allí.
Y rodeado de gente pobre, como él, Moisés pasó su último culto. Antes de adoración, ahora de defunción y despedida. Un hasta luego.
Mientras tanto en una de las 108 camas del hospital Gilberto Gómez Maza, se aferra a la vida María Victoria Coutiño (17 años). Ya lleva varias operaciones. Tiene múltiples fracturas.
“No lo voy a pasar”, dice a sus familiares. El cuerpo solo puede soportar 14 unidades de dolor. Y ella casi está al límite.
Pero lucha porque quiere vivir para el amor de su vida, Moisés. Ella ignora que falleció. No debe saberlo. Por ello sus padres piden a los que la visitan no comenten nada.
Y en el panteón de Terán, los que rodean la tumba de Moisés, no lloran. Tienen la esperanza de verlo de nuevo. Creen en la resurrección.
Luego de hacer fila para ver el rostro de Moisés (su madre es la última), a la señal de un hombre todas las motocicletas rugen durante un minuto.
La moto no tuvo la culpa de la tragedia suscitada la noche del viernes, en el libramiento Sur de Tuxtla. Tampoco fue culpable el automovilista que frenó en el tope.
Mucho menos tuvo la culpa María Victoria, que acompañaba como copiloto a su esposo Moisés. Fue la desbordada emoción de la reconciliación, un amor juvenil impetuoso, lo que hizo acelerar más a Moisés, que terminó por estrellarse contra el auto.
Moisés y María Victoria estaban recién casados. Él era repartidor de tortillas; ella, despachadora de una tortillería.
Pero tuvieron una pelea. Cortaron la relación. Moisés la buscó de nuevo. Y ella lo perdonó. Le dio otra oportunidad.
Moisés decidió dejar la repartición porque le dolía la cabeza con el sol, y se empleó como maquinista. Tenía apenas una semana en su nuevo empleo. El patrón le dio toda la confianza, y también una moto.
La misma moto que Moisés conducía a toda velocidad la noche del jueves. Feliz por la reconciliación, llevaba a su esposa a cenar.
Y llegó el trago amargo. La vida no fue tan generosa como María Victoria. Ya no le dio otra oportunidad a Moisés. Murió llegando al hospital.
Para despedirlo, ayer no hubo un minuto de silencio, tampoco de aplausos. En cambio, los motores y escapes de las motos rugieron.












