Un criterio de gran importancia para medir la eficiencia de la acción de gobierno es la forma en que se ejercen los recursos públicos, lo cual no sólo delimita a la detención de desvíos o corruptelas, sino que tiene relación con el dinero ejercido, no ejercido o mal aplicado. La ejecución de controles administrativos, como el de la Auditoría Superior de la Federación (ASF), permite ubicar este tipo de faltas que, siendo administrativas -muchas de ellas sin ídolo-, son también una forma de lealtad con la ciudadanía, que espera que su impuestos estén siendo aplicados de manera rigurosa. Por falta de orden y buen gobierno los recursos llegan a perderse o se vuelven ineficientes.
Sólo de marzo a septiembre del año pasado la ASF logró recuperar 10 mil millones de pesos, al haber detectado irregularidades en el gasto, no sólo del Gobierno Federal sino de identidades, que también son sometidas al escrutinio de la Auditoría. Es más, de 2001 a 2009 la ASF recuperó casi 45 mil millones de pesos, mismos que fueron reorientados a otros rubros o se canalizaron al fondo para el que estaban originalmente presupuestados.
Los trabajos del ASF no se hacen sobre el 100 por ciento de la hacienda pública, sino sobre un universo aleatorio de las respectivas cuentas públicas. Ello permite suponer que la ineficiencia real en el gasto total de la Federación y los estados de la Republica supone muchos miles de millones más que los reportados.
La ineficiencia también es una forma de corrupción. Acaso no premeditada, pero igual de dañina para una sociedad a la que le cuesta mucho aportar. El nivel de captación de recursos, vía impositiva, en México, es de los más bajos de los países miembro de la OCDE. El recorte de fuentes de financiamiento, tales como la tenencia o los impuestos locales, pone en verdaderos aprietos al Gobierno Federal y los gobiernos locales. Todo para que al final lo que se alcance a recaudar sea deficientemente empleado.
Es difícil hallar un gobierno en el mundo que aplique con certidumbre la totalidad de sus recursos disponibles, pero ello no es consuelo para una nación como la nuestra, donde todavía hay muchas carencias y donde el gasto público es aún un detonante vital de la economía, sobre todo en gasto social.











