Benito Juárez

"La celebración del bicentenario del natalicio de Benito Juárez no es ociosa, y la designación de Juan Ramón de la Fuente, rector de la UNAM, para encabezar el programa conmemorativo es pertinente. La cuestión de fondo radica en saber si los eventos que en ese marco se realicen, tendrán el tono rígido y acartonado que caracteriza a los eventos oficiales. Si el programa no promueve ejercicios novedosos, nada se aportará a la vida pública, salvo endurecer más el bronce con el que se ha forjado la interpretación histórica sobre la vida y la obra de Juárez, y reproducir los viejos rituales del régimen.

Dos son los caminos que puede seguir la comisión del bicentenario para contribuir a que las nuevas generaciones perciban a Juárez como un hombre contemporáneo con la complejidad del México actual. Por un lado, seguir el camino trillado de ritualizar su figura aún más de lo que ya está y, por otro lado, desencadenar procesos múltiples de reflexión crítica que contribuyan a ensanchar los espacios públicos de la democracia.

Toda cultura necesita preservar sus rituales, pero también debe reinterpretarlos. Téngase presente que la memoria histórica que sólo se sustenta en rituales es una forma perversa de monopolio de la interpretación histórica. El autoritarismo que se resiste a ceder se agarra de los rituales, del incienso y de las referencias difusas a la patria. La figura de Juárez ha estado asociada al ritual pétreo de las formas simbólicas del poder público.

La conmemoración del centenario de su muerte en 1972, que sirvió de pretexto para que el Gobierno Federal declarara ese ano como Ano de Juárez, fue una ocasión perdida para reflexionar críticamente sobre el hombre y su circunstancia. Recuerdo que mi certificado de sexto ano de primaria aún conserva el sello del Ano de Juárez. Incienso, ofrendas florales, discursos apologéticos, estatuas e inauguraciones diversas llenaron el programa de ese ano.

Juárez vivió en un tiempo de tensiones y batallas definitorias. Tuvo grandes e inmensos aciertos, pero también cometió errores y sobrevivió a ellos, aceptándolos y corrigiéndolos. La historia se forjó así, abierta y llena de contrahechuras. La sociedad fluctuante de la que hablaba Jesús Reyes Heroles en su libro El liberalismo mexicano, albergó y condicionó el comportamiento de Juárez. La complejidad del siglo XIX aún no la hemos debatido y comprendido cabalmente.

Es deseable, que un hombre abierto al cambio como el rector de la UNAM, no tenga que pagar un alto tributo de rituales, e impulse una agenda de deliberación crítica sugerente. No podemos olvidar que el régimen político mexicano se alimentó durante décadas de rigidez y rituales.

El presidencialismo histórico se ufanaba de mantener a los héroes en sus pedestales y a los ciudadanos distraídos en su vida privada. La esfera pública se colmó de discursos oficiales, titulares de los medios fijados en Los Pinos y resultados electorales predeterminados en la Secretaría de Gobernación. En ese marco no era posible la deliberación pública. Se le brindaron excesivos tributos a Juárez en los tiempos del autoritarismo; ahora es preciso reinterpretar su figura desde una perspectiva democrática.

La democratización ha desencadenado diversos procesos que en el largo plazo contribuirán a desmitificar la historia, la ideología, los héroes y los discursos oficiales. La democracia no puede fundarse en dogmas de fe histórica. Por fortuna para la vida pública, la historia oficial a la que se refería el historiador Luis González y González en su libro El oficio de historiar, ha empezado a fundirse y debilitarse.

La biografía, la obra y las circunstancias históricas en las que vivió Benito Juárez no pueden seguir congeladas en la historia de bronce. Exigen una nueva y reposada reinterpretación histórica, que sólo puede ser razonablemente posible si se funda en la deliberación crítica, en el cotejo de los documentos históricos de la época y no en la reproducción de los viejos rituales a los que nos acostumbró el régimen político desde los tiempos de Porfirio Díaz.

Deliberar críticamente sobre el horizonte histórico, político y cultural que abrió Juárez en la historia, es la mejor manera de actualizar su presencia en la hora actual de México. Para que ello sea posible, es importante recuperar las ideas fuerza de su comportamiento político, para discutirlas y reinterpretarlas a la luz de los nuevos desafíos del país.

Si la agenda de la comisión que encabeza el programa del bicentenario de su nacimiento, consiste básicamente en usarlo de coartada y de escudo para enfrentar a los adversarios políticos o para simplificar la diversidad ideológica y política en dos bandos irreconciliables -juaristas y antijuaristas-, el esfuerzo habrá sido inútil y se perderá en el mar de información política que nos satura.

Sobran las ofrendas, las estatuas, las calles, los nombres de escuela y las referencias retóricas sobre el hombre contradictorio y complejo que fue Benito Juárez. Lo que falta es reflexión crítica, pensamiento político sobre sus ideas, reinterpretación juiciosa sobre sus contradicciones, pero sobre todo una lectura contemporánea sobre su obra y su tiempo. La deliberación debe ocurrir bajo el marco de la tolerancia y de la austeridad republicana, tal vez los valores más personales y fecundos de cuantos encarna el personaje histórico.

El debate puede iniciar con el análisis de las opiniones de sus críticos, para contrapuntearlas con las opiniones de sus apologistas. Qué dirían hoy Francisco Bulnes, Justo Sierra, Carlos Pereyra, José Vasconcelos, José Fuentes Mares, Ralph Roeder, Andrés Henestrosa, Octavio Paz y Alfonso Reyes, sólo por citar como quería Francisco de Quevedo a los ""muertos"" ilustres, que interpretaron la vida y la obra de Benito Juárez. Por ahí podría empezar la deliberación crítica sobre el liberal más famoso de México. (El Universal).

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