La historia del periódico Cuarto Poder se entrelaza con las vidas que pasaron por sus talleres y escritorios. Una de ellas es la de Armando Rojas Hernández, actual coordinador de Programas Especiales y Compensatorios de la Secretaría de Educación de Chiapas, quien entre 1975 y 1983, siendo apenas un niño y luego un joven estudiante, encontró en el diario no sólo un sustento sino una escuela informal que definiría su visión del mundo.
En una entrevista conmemorativa por el 50 aniversario de Cuarto Poder (a cumplirse el mes de julio de 2026), Rojas Hernández ofrece un testimonio vívido y lleno de matices sobre una época fundacional, la naturaleza del periodismo local y la figura de un hombre clave: el director Conrado de la Cruz Jiménez.
De vender pan a la puerta del periodismo
La historia comienza con una familia numerosa que llega a Tuxtla en noviembre de 1973. “Mi madre tuvo 21 hijos”, confiesa Rojas. Para sobrevivir, ella hacía pan; y él, con sólo 11 años, salía a venderlo. “Me daba vergüenza que mis compañeros me vieran”, admite, reflexionando sobre cómo ese “trabajo digno” chocaba con su percepción social infantil.
Esa necesidad lo llevó a buscar otros empleos: una talabartería en el mercado, luego una tintorería. Fue en este trajín donde, a través de un hermano de Conrado de la Cruz Jiménez, que atendía el bar “El Tarro de Oro”, en la Quinta Poniente y Primera Norte, dio el salto al mundo que lo marcaría. “Allí, igual barría, trapeaba, limpiaba todo. Si no llegaba la cocinera, yo hacía las botanas”.
El encuentro con don Conrado
Al venderse “El Tarro de Oro”, los hermanos de don Conrado le hablaron de él. “Y le dicen sus hermanos que me diera la posibilidad de ir a trabajar con él”. Así, Armando Rojas llegó al edificio de la Tercera Poniente y Primera Norte, donde una lavandería, Cuarto Poder y El Heraldo, de Mario Maturana, compartían manzana.
Su función inicial fue la limpieza general del periódico. Describe a Conrado de la Cruz Jiménez con realismo y cariño: “Era muy enojón, pero en el fondo era muy bueno. Como no le daba motivos, casi no me regañaba”.
Recuerda una rutina que forjó un vínculo. “Todos los días me mandaba a traer su café al Café Avenida. Allí creo que me nació el gusto por el café. Esas salidas y las conversaciones ocasionales fueron tejiendo una relación de confianza”.
De voceador a corrector y reportero incipiente
Pronto, sus funciones se expandieron. Además de limpiar, repartía el periódico en el Palacio de Gobierno, el edificio Valanci y la Procuraduría.
Esos recorridos fueron su primer contacto con el poder. “Yo le llevaba su periódico a los señores Burelo. Ellos a veces platicaban conmigo. Fui teniendo un acercamiento hacia lo político”.
Su sed de superación y la confianza ganada lo llevaron a asumir tareas más especializadas. Aún estudiando la secundaria en la Escuela López Mateos, se convirtió en corrector de pruebas. “Salía yo de la escuela a las ocho de la noche y me iba al periódico. Esperaba a que saliera la última plancha. Dejaba todo corregido a las 11 y me iba caminando hasta la Bienestar Social”.
Los días de cierre intenso, incluso dormía en la oficina de Conrado, en cualquier sillón disponible.
Su incursión en la reportería llegó de la mano del periodista Aroldo Escobar Herrera. “Mi primera nota fue un accidente de bicicleta en la Central y Tercera Sur”, relata.
Aprendió a tomar datos y a redactar. Con humor, confiesa que también le tocó escribir horóscopos. “Allí dejé de creer en los horóscopos, porque al que le tocaba el martes, al otro día le tocaba el jueves”.
Anécdotas que dibujan una época: la foto con el gobernador
Una anécdota reveladora ocurrió cuando, estando en la escuela, lo fueron a buscar porque llegaría Jorge de la Vega, candidato a gobernador de Chiapas. “Conrado quería presentarme como un trabajador estrella que estaba impulsando”.
La foto lo muestra con el entonces candidato, un testimonio del orgullo que el fundador sentía por el joven empleado-estudiante.
Un padrino, no sólo un jefe: La relación trascendió lo laboral. Cuando Rojas se graduó de la Normal del Estado, Conrado de la Cruz Jiménez fue su padrino y le regaló su anillo de graduación en una ceremonia en el Cine Alameda. “Para mí era como un familiar mayor”, afirma.
La influencia formativa y la encrucijada ética
Para Rojas, Cuarto Poder fue una “función sustantiva” en su desarrollo. No sólo le dio un sueldo de 120 pesos semanales –vital para su familia–, sino que lo expuso a modelos a seguir como Jorge Enrique Hernández Aguilar, a quien admiraba por su estilo e integridad, y lo puso en contacto con un microcosmos social único.
Al reflexionar sobre si hubiera seguido en el periodismo, es sincero: “Yo creo que hubiera sido un buen periodista, pero no sé si hubiera podido sobrevivir”. Razona desde sus convicciones: “Mis principios éticos no me permiten inclinarme ante nadie ni prestarme a los ‘chayotes’, el sometimiento de que tienes que escribir así. No creo que lo hubiera aguantado”.
Despedida y legado
Armando Rojas dejó el periódico en 1983, al obtener su plaza como maestro. Construyó una larga trayectoria académica de 42 años en el magisterio, con licenciatura, maestrías y doctorados.
Al enterarse del fallecimiento de don Conrado, sintió una “tristeza profunda”. “De todo lo que puedan decir de él, yo lo único que puedo decir es que él me apoyó mucho”.
En este escenario envió un emotivo mensaje a Cuarto Poder en sus 50 años: “Mi reconocimiento a la sobrevivencia, porque verdaderamente la guerra que pasó, fue terrible”.
Destacó la importancia del gremio y se congratuló por la transición digital: “Allí se aplica el dicho: renovarse o morir, y creo que eso lo ha logrado muy bien”.
“Soy fan de Cuarto Poder”, confiesa, cerrando el círculo de una historia donde la tinta de un periódico ayudó a escribir el futuro de un servidor público, y donde la memoria personal se convierte en un valioso capítulo para la historia colectiva del periodismo chiapaneco.












