Una constante en el debate nacional es la polarización de posiciones. La ausencia de un análisis de fondo de los grandes problemas nacionales por la imposibilidad de las partes para serenar los ánimos y de anteponer las ideas a los enconos, está llevando al país al inmovilismo por falta de consensos.
La ciudadanía pierde cuando los partidos políticos son incapaces de llegar a acuerdos en el Congreso de la Unión, o cuando un grupo sabotea las sesiones, o cuando en el seno del IFE la discordia impera. También pierde cuando cualquiera de los tres niveles de gobierno antepone sus prioridades políticas al bien de la gente e impide el avance de programas sociales, o cuando las grandes empresas del país velan por sus intereses antes que por el de los consumidores.
Por eso es de destacar la disposición de quienes todavía consideran viable en estos días plantear posiciones -por divergentes que sean- en una plática serena, que no tiene más objeto que plantear diferencias y dejarlas abiertas al libre análisis del público, para que éste norme su criterio con tales argumentos.
En noviembre de 2007 el Congreso de la Unión aprobó la reforma al Artículo 41 constitucional que prohíbe a particulares contratar espacios para propaganda electoral en radio y televisión. Empresarios y un grupo de intelectuales llevaron hasta la Corte el caso. Para analizar el tema, El Universal recibió a un grupo de abogados, académicos, especialistas en derecho y un diputado federal.
Uno de los grupos consideró que la reforma atenta contra la libertad de expresión por negar el acceso a ciudadanos y obligarlos a recibir únicamente la información que quieran proporcionarles los partidos políticos.
Otro grupo señaló que la ley pretende regular el modelo de comunicación política para garantizar la equidad frente a los excesos del pasado y descartó que se lesione la libertad de expresión.
Defensores de ambas posiciones tuvieron tiempo equivalente para hacer oír su voz y para escuchar respetuosamente a quienes no piensan como ellos. Todo, sin demérito de ningún argumento y en el marco de un inteligente intercambio de ideas, las cueles fueron publicadas ayer.
Es decir: el diálogo fructífero es todavía posible en el país. De hecho, es una de las tablas de salvación de la democracia, antes de perderse en el tobogán de los insultos y las descalificaciones.
El ejemplo de civilidad de quienes nos acompañaron al debate sobre tal reforma ha de permear a todos los ámbitos del país, donde buena falta hace que replanteen las bases de los diálogos y los acuerdos. (El Universal)











