La subcultura del narco

La subcultura del narcotráfico va desde la ostentación vulgar de la riqueza, el atuendo estridente y las seudolujosas mansiones del mal cine de los anos 40, y llega a palenques y conciertos de música grupera desde Camelia la texana hasta mensajes entre bandas.

Vemos lo que cubren las parrillas de iluminación de los escenarios. De lo que pasa detrás sólo percibimos los destellos de las armas de alto poder que abaten a los ídolos populares que juegan con fuego.

Deudas del vicio, venganzas pasionales, celos, envidias, deslealtades entre cómplices o nimiedades se esconden bajo los dramas que resuenan en los medios.

Sergio Gómez, director y cantante del grupo K-Paz fue secuestrado al término de una función en Michoacán y estrangulado después de que le quemaron los genitales.

Zayda Pena Arjona, de 28 anos, vocalista del grupo Zayda y Los Culpables, fue víctima del ataque de un sicario en un motel de Matamoros. Como sobrevivió al ataque, la remataron en el hospital donde la atendían. En el motel murieron la asistente de la artista y un empleado del alojamiento.

Antes que ellos, murieron asesinados Trigo Figueroa, hijo del cantante Joan Sebastian, en Hidalgo, Texas; Valentín Elizalde, El Gallo de Oro, y Chalina Sánchez. Vicente Fernández, hijo del famoso cantante homónimo, fue secuestrado y mutilado de un dedo para forzar el pago de un alto rescate.

Con su repertorio que enaltece episodios de la vida de los narcotraficantes y su acercamiento a unos cárteles y no a otros, los músicos que hicieron evolucionar exitosamente la música nortena con aires de pop y rock matizan y calientan las rivalidades entre los pandilleros.

Así se narran la fallida reconstrucción de la fisonomía -según la versión oficial- de Amado Carrillo Fuentes, El Senor de los Cielos, porque prefería el avión para traficar, con música de Los Tigres del Norte, y los delincuentes son convertidos, para las mentalidades simples, en románticas figuras que desafían al gobierno y viven y mueren con dureza admirable. Mejor que la rutina de una vida sencilla.

Del mismo modo, Jesús Malverde -inmejorable nombre para un maleante de telenovela- queda santificado por sus iguales junto a la Santa Muerte.

La subcultura del narco tiene un impacto notorio en parte de la sociedad mexicana, por el fuerte atractivo de la violencia sin castigo y por la insuficiencia de la acción legal.

En lo que va del ano, alrededor de 2 mil 500 personas, no todas estrellas de la música grupera, han perecido por la acción de criminales tan enajenados que necesitan disparar hasta 150 veces para asegurar la defunción de su víctima.

Para los narcos, sus iconos son Los Tigres del Norte y Los Tucanes de Tijuana.

Los pacíficos ciudadanos, simples espectadores, quisiéramos más héroes del lado de los buenos. (El Universal).