"Estremecidos por la matanza de la Universidad Tecnológica de Virginia, que segó vidas jóvenes y prometedoras, nos encontramos esta semana con un hecho igualmente aterrador: cada día son asesinados en México dos ninos menores de 14 anos.
La Organización de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) coloca a México entre los tres países más violentos del mundo, junto a Estados Unidos y Portugal. Desde hace 30 anos ocurre lo mismo, de acuerdo con un informe de violencia y salud realizado por la ONU con la colaboración de la Secretaría de Salud en México y publicado hoy por El Universal.
En 2004, la tasa de homicidios general en México fue de 17.4 por cada 100 mil habitantes, ocho veces superior a la de Europa. En el estado de México se registró la más alta en homicidios de ninos menores de cuatro anos, seguido por Colima, Puebla, Tlaxcala, Nayarit y Sonora.
Subsiste en México un alto nivel de tolerancia para la violencia que se ejerce contra menores, ya que los castigos físicos, ""correctivos disciplinarios"", son el eufemismo usado en la jerga magisterial y el maltrato verbal en la casa y en la escuela son prácticas cotidianas.
Los tres países citados tienen el número más elevado de ninos muertos por ese maltrato, que es el paso subsecuente al de la violencia verbal y los castigos tolerados.
Fuera del hogar, el nino también está expuesto a abusos de parte de sus companeros de juegos y condiscípulos, en grado tal que el problema es motivo de creciente preocupación.
Los menores, convertidos en centro de burlas, puyas y atropellos, sufren un dano que amerita estudiarse más a fondo.
Las peleas entre adolescentes que hemos visto recientemente en YouTube y en otros medios nos alertan sobre la existencia de una cultura de la violencia a la que el informe de la ONU le pone dimensión.
Qué pena que en el índice internacional en el que ocupamos el primer lugar sea en el de maltrato a nuestros ninos.
Lo de los 730 asesinatos al ano es ya de suyo escalofriante; pensemos además en las secuelas para los que no mueren pero sí son objeto de ese injustificable maltrato.
Con qué odio, con qué rabia, con qué resentimiento crecerán esos muchachos y muchachas.
En este momento de dolor para nuestros vecinos del norte, que una vez más se enfrentan al luto provocado precisamente por jóvenes resentidos, además de expresar nuestro pésame y solidaridad, bien haríamos en no incurrir en la arrogancia de pensar que a nosotros no puede sucedernos algo semejante.
Cada comunidad tiene que aprender a advertir la gestación de la violencia en su seno y la autoridad debe saber cómo responder preventivamente a ella.
No es fácil, pero es necesario abandonar la doble moral mexicana que voltea la cara ante la violencia intrafamiliar, la que calla ante los abusos a menores dejándolos pasar bajo argumentos que sostienen el respeto a la autoridad familiar, aun a costa de atropellar la dignidad de algunos de sus miembros. No podemos seguir por ese camino.
Detengamos la violencia que se inculca desde el hogar y queda impune en sus cuatro paredes. (El Universal)
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