A Rufino Tamayo le gustaba viajar por las calles de Nueva York. A menudo tomaba su cámara estereoscópica para retratar su paisaje cosmopolita, dominado por un horizonte con torres de concreto, barcos que paseaban en el río Hudson, espacios saturado de luces y anuncios, o pistas de hielo, como lo muestra el libro Tamayo. Fotógrafo en Nueva York.
Las fotografías se publican por primera vez y datan de los años 50 y 60; a simple vista se puede apreciar que no son las imágenes de un turista aficionado sino el ejercicio lúdico de un artista que no pudo ocultar la educación de su mirada, su obsesión por lo tridimensional y un talento innato para componer escenas de una ciudad bañada por la luz y la sombra.
El libro cuenta con la selección y el comentario del fotógrafo mexicano Pablo Ortiz Monasterio: “El libro nos permite acercarnos al Tamayo de Nueva York, con sus grandes edificios, los teatros, el parque y los cuerpos de agua, sus puentes, barcos y encima de todo eso… la actividad frenética de los neoyorquinos”.
La selección es breve pero muestra la dimensión del artista, dice, porque a simple vista observamos su facilidad para componer la escena y combinarla con la poética del agua, lo que permite al lector una manera sencilla de acercarse a los recuerdos de Tamayo fuera de México.
Hoy alguien podría preguntarse si la fotografía influyó en su trabajo como artista o viceversa, apunta el también curador. “Pero aquí debo decir que aunque hay coincidencias, no diría que hay una predominancia, sólo algunos ecos de su trabajo artístico en su afán fotográfico”, añade.
A Tamayo le interesó esencialmente captar grandes monumentos, pirámides, palacios y construcciones que, de alguna manera, le ayudaron a documentar un espacio, dado que en esa época no existían los libros de fotografía y muy pocas personas podían viajar alrededor del mundo.












