De Marilyn Monroe se puede decir de todo en el mundo del cine: fue la “rubia torpe” de películas, pero también la actriz dominante de los 50 con más de 200 millones de dólares recaudados en taquilla, que para entonces era una maravilla. Si bien hizo mayoritariamente comedias, consideradas por muchos como un género menor, eso le dio el poder para fundar su propia casa productora.
¿Algo más? Bueno, basta ver su lista de directores y ninguno, dado su carácter y trayectoria, habría aceptado estar con alguien sin talento: John Huston (El tesoro de Sierra Madre) la tuvo en Los inadaptados, al lado del difícil Clark Gable; Billy Wilder (Sunset Boulevard) la coordinó en La comezón del séptimo año; Howard Hawks (Al borde del abismo) en Los caballeros las prefieren rubias, y Laurence Olivier (Hamlet) en El príncipe y la corista.
Nunca estuvo nominada al Óscar, pero sí al Bafta inglés; además obtuvo tres Globos de Oro, uno de estos por la minimizada Una Eva y dos Adanes.
Su propio sello
“Creó una imagen, por más que los estudios le hayan dicho; se apropió de esa imagen, una combinación de inocencia, sensualidad y vulnerabilidad, pero de manera inteligente”, dice el crítico de cine Silvestre López Portillo. “La quieren hacer ver como una rubia tonta, pero en la vida real no se dejaba, llegó a elegir sus guiones y a enfrentar un sistema de estudio”.
Para Ana Villarín, también crítica, no hay duda de que Marilyn es un ícono fílmico, que también ha impactado popularmente. “Hasta quien no ha visto sus películas sabe quién es ella. Es su propio arquetipo y lo vemos con muchas mujeres que la intentan emular, como la cantante Sabrina Carpenter en su ‘look’”, considera.
“Su impacto en el cine es quizá más complejo porque justo por la época en que vivió, no pudo ser la actriz que quizá pudo ser; tenía un buen timing para la comedia, cosa que no es fácil, tomó clases de actuación y muchos hablan de cómo era. Pero seguimos hablando de ella 100 años después de su nacimiento, quién puede lograr eso”, destaca Villarín.












