Narrativa policiaca data del Antiguo Testamento

Sherlock Holmes es el detective más famosos de la literatura. Cortesía
Sherlock Holmes es el detective más famosos de la literatura. Cortesía

Sherlock Holmes es el detective más famoso de la historia. De hecho, su “elemental, querido Watson”, frase que nunca pronunció, es homenajeada en el título de este blog dedicado a la literatura policiaca.

Pero no es ni de lejos el primer investigador. El periodista Michael Sims analiza sus orígenes en un reciente ensayo, Arthur and Sherlock, Conan Doyle and the creation of Holmes (Londres, Bloomsbury, 2017).

El detective victoriano está inspirado directamente por Joseph Bell, uno de los profesores del escritor escocés en la facultad de medicina en Edimburgo, que mostraba una enorme capacidad deductiva: con contemplar a un enfermo, era capaz de sacar muchas conclusiones.

Pero, más allá de la influencia directa de la sabiduría de su maestro, Doyle se inspiró en los profundos cambios sociales de su tiempo y en un género, las novelas de misterio, que empezaba a cobrar impulso entre los lectores.

Pero Conan Doyle, que acabó creyendo en las hadas y el espiritismo al final de su vida, como si necesitase un hueco para la fantasía en ese mundo que se iba haciendo cada vez más técnico.

Los crímenes de la calle Morgue, publicada por Edgar Allan Poe en 1841, es considerada la primera obra policiaca de la historia, con Auguste Dupin como protagonista.

También se cita a menudo La piedra lunar, la inmensa novela de Wilkie Collins, que vio la luz en 1861. Ciento cincuenta años después de su publicación, sigue siendo una obra sorprendente, divertida y profundamente moderna, que más que adelantarse a su tiempo, abrió una nueva época en la literatura.

En su búsqueda de las influencias que marcaron a Conan Doyle, Sims va más allá en el tiempo y considera que el médico escocés fue un buen lector de Voltaire y de su Zadig, una novela humorística y de crítica social sobre un filósofo de la antigua Babilonia, que utiliza el método deductivo. Pero antes de Zadig, nos explica Sims, estuvo el Libro de Daniel, “que según los estudiosos modernos data del siglo II o III antes de nuestra era”, explica el periodista.

En un momento, el rey Ciro le pregunta la razón por la que no adora al dios Bel y Daniel replica que no cree en ídolos falsos, fabricados con las manos. El monarca le dice que no, que es un dios vivo porque todas las noches le dejan comida y vino en una habitación sellada y por la mañana no están, lo que es una prueba de su existencia.

El rey asegura que si no es capaz de demostrar que alguien come y bebe por la noche, le ejecutaría por impío. ¿Qué hizo Daniel para no perder la cabeza y demostrar la falsedad del dios babilónico? Cubrió con ceniza la habitación.

A la mañana siguiente, llegó con el rey y comprobó que el sello no había sido tocado. Sin embargo, al entrar en la estancia, se encontraron con huellas en la ceniza, que mostraban claramente que por una puerta secreta entraban los sacerdotes y se comían y bebían todas las ofrendas.