Sor Juana Inés de la Cruz es, sin lugar a dudas, uno de los personajes más importantes de la cultura mexicana. Más allá de su incursión en las letras, su aparición en los diseños de los billetes de 200 y 100 pesos inmortaliza, y traslada al imaginario colectivo, la imagen de una mujer que trasgredió el machismo y la misoginia de la Iglesia católica.
Originaria del municipio mexiquense de Nepantla, estado de México, se desarrolló como poeta y dramaturga. Además, fue cocinera y administradora del convento de San Jerónimo, en la capital del país. Su muerte, el 17 de abril de 1695, representó el fin de los Siglos de Oro de la literatura en español.
Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana, su nombre anterior al hábito, es reconocida por su talento y la calidad de su obra. En vida fue aplaudida por sus contemporáneos y tachada por quienes celaban la maestría de su pluma. Sin embargo, a pesar de su éxito, hoy día se conoce muy poco acerca de la mujer oculta tras el velo.
No obstante, Sor Juana se encargó de dejar plasmados algunos de sus pensamientos y sentires en sus textos menos reconocidos por el público en general: sus misivas. A sabiendas de esto, la editorial independiente Inefable recopiló tres de estas con el título de El jardín de la razón: cartas fundamentales.
Escritos
Los textos compilados en este libro se podrían dividir en dos ejes temáticos. El primero, de protección personal, que incluye la “Autodefensa espiritual” —escrita por la monja a su confesor, el jesuita Antonio Núñez— y la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. La segunda categoría, de tratados teológicos, acoge la “Carta atenoagórica”, en la que reflexiona acerca de las finezas de Dios y Cristo.
Poco escribió Sor Juana por deseo propio, por lo que la mayor parte de su poesía, sacra y profana, así como sus comedias, fueron encargos de los virreyes, de las altas esferas de la Iglesia y de amistades. Pero sí hay una obra lírica, el “Primero sueño”, dotado de 975 versos, en que demuestra sus necesidades: el deseo de poseer el conocimiento total, ese al que solo la divinidad tiene acceso. “Demás, que yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos; de tal manera, que no me acuerdo de haber escrito por mi gusto sino es un papelillo que llaman ‘El sueño’”, explica la monja en la “Carta atenagórica”, en la que defiende lo que ella considera su derecho, el de escribir y estudiar.
Sor Juana fue asediada por algunos de los intelectuales de su época, quienes desaprobaban que fuera libre pensadora y, sobre todo, maestra en el dominio del lenguaje. Uno de sus principales adversarios fue su confesor, a quien la poeta envía una misiva en la que destaca el uso de la ironía para fulminarlo.
Al inicio le explica que es de su conocimiento que ella es “la única reprensible en las conversaciones de Vuestra Reverencia”. Sabe bien que no es de su agrado; sin embargo, por el cariño y el respeto que le tiene, había decidido ignorar todos los señalamientos que llegaban a ella. No obstante, al percatarse de que Antonio Núñez no dejaba de hablar a sus espaldas, le envía una carta en la que señala: “Parece que le irrita mi paciencia, y así determiné responder”.
A lo largo del escrito, Sor Juana afila su navaja, algo que parece disfrutar, mientras enlista los éxitos y aplausos que ha merecido por sus creaciones literarias. Es el talento de la poeta lo que parece indignar a su confesor, y ella lo sabe: “La materia, pues, de este enojo de Vuestra Reverencia (muy amado Padre y señor mío) no ha sido otra que la de estos negros versos de que el cielo tan contra la voluntad de Vuestra Reverencia me dotó”.












